El mensaje de las banderas argentinas en las Malvinas

jueves, 14 de marzo de 2019 07:10
jueves, 14 de marzo de 2019 07:10

Entre los permanentes caminos de retroceso que toma el país adolescente, este miércoles se produjo un impactante paso adelante. Sucedió en las islas Malvinas, muy lejos de Buenos Aires. Una bandera argentina volvió a ser extendida en el Cementerio de Darwin. La sostenían un grupo de familiares de soldados caídos en el conflicto de 1982. Viudas, hermanos, hijas, hijos. Algunos sonreían por el alivio que les producía la situación. Otros lloraban porque habían llegado hasta allí luego de que las pruebas de ADN determinaran que esos combatientes pertenecían a sus familias. La guerra y la muerte flotaban en esos campos tan parecidos a la Patagonia cercana. Pero ya han pasado treinta y siete años y las cosas ahora comienzan a lucir muy diferentes.

Identificaron a otros dos soldados argentinos caídos en Malvinas y ya son 112

La última vez que se descubrió una bandera argentina en el Cementerio de Darwin ardieron las heridas abiertas de la guerra. Fue en 2007, cuando cientos de isleños y de soldados británicos se congregaron en Malvinas para celebrar los 25 años de una victoria que todavía estaba fresca. También viajaron hacia las islas cuatro ex combatientes argentinos de la ciudad de La Matanza y un abogado correntino que había combatido en Goose Green, una loma que baja desde las tumbas con cruces blancas hasta uno de los tantos lagos interiores con un centenar de casas en una de las orillas. Llegaron el domingo 2 de abril, desplegaron el paño celeste y blanco, cantaron el himno abrazados, mirando hacia la Bahía de San Carlos, y dejaron una decena de placas con el nombre de algunos de sus compañeros caídos en las batallas. Nada que pudiera parecer demasiado ofensivo.

Bandera 2017. Ex combatientes desplegaron su bandera en Darwin y dejaron placas para sus compañeros.

Bandera 2017. Ex combatientes desplegaron su bandera en Darwin y dejaron placas para sus compañeros.

Pero los 74 días de guerra todavía resonaban entre los 2.500 habitantes de las islas y la sola aparición de la bandera enemiga disparó los rencores dormidos. La exhibición de símbolos patrios argentinos estaba prohibida en todo el territorio. Alertado por algunos vecinos, un oficial de la policía isleña se apersonó en Darwin y se llevó las placas de la discordia. El pequeño incidente desató un cruce de declaraciones diplomáticas entre Gran Bretaña y el Gobierno argentino de entonces, presidido por Néstor Kirchner. Hubo algunos reproches cruzando el Atlántico, un par de cruces vehementes entre las cervezas del pub Globe Tavern y un final con distensión que alivió a la mayoría. Unos días después, las placas fueron devueltas y los ex combatientes volvieron tranquilos a sus casas del Gran Buenos Aires para continuar con el duelo.

Doce años pasaron de aquella bandera desplegada casi en la clandestinidad. Años que venían sin una política de Estado consensuada por la dirigencia en torno a las islas. De la desmalvinización de Alfonsín a los ositos de peluche de Menem y el canciller Di Tella. Y de allí a la vuelta al frío diplomático que se prolongó con De la Rúa, Duhalde y con los Kirchner. Mientras todo eso pasaba, 122 cuerpos yacían bajo la turba de Darwin con la leyenda “soldado sólo conocido por Dios”. Casi milagrosamente, comenzó a desarrollarse en 2017 un proyecto humanitario que tuvo a la periodista Gabriela Cociffi, al ex combatiente argentino Julio Aro y como colaborador al ex soldado británico, Geoffrey Cardozo, para identificar a las víctimas de la guerra.

Viajan a Malvinas familiares de soldados cuyos restos fueron recientemente identificados

 

Intervinieron la Cancillería argentina; la Secretaría de Derechos Humanos; la embajada de Gran Bretaña, la Cruz Roja Internacional y, sobre todo, el probado Equipo de Antropología Forense. Fueron muchos que, con el financiamiento de Corporación América (el grupo empresario que lidera Eduardo Eurnekian), avanzaron en la identificación de decenas de soldados cuyas familias no tenían datos ni confirmación de dónde habían muerto. Ese proyecto está llegando a su fin. Con los dos cuerpos identificados esta semana ya son 112 los soldados que tienen su nombre en su tumba del cementerio. Apenas quedan diez lápidas anónimas.

El miércoles llegaron a las Malvinas 39 familiares de 22 soldados identificados. Es el segundo viaje, después del que hicieron el 26 de marzo del año pasado. Y no hay manera de describir lo que sienten esas esposas, esos hijos, esos hermanos que al menos hallan el consuelo de saber que allí debajo de las colinas y las piedras de Darwin están los restos de esas personas a las que amaron y que perdieron sin saber bien adonde llorarlos. Habían embarcado en Ezeiza muy temprano y aterrizaron en la base militar de Mount Pleasant, la fortificación con aviones y misiles que Gran Bretaña edificó tras los dos meses y medio de conflicto.

 

Fue una mañana tibia, en la que el sol permitía disfrutar de a ratos los diez grados de temperatura. Algunos se acurrucaban junto a las cruces y otros caminaban a lo largo del cenotafio con todos los nombres de los 649 muertos argentinos durante la guerra. La tristeza se hizo más profunda con los acordes de “Lamentos”, que entonaron con respeto dos gaiteros escoceses. A la nostalgia le siguió una misa compartida por un sacerdote argentino y otro británico, y luego el cierre con la trompeta del ex combatiente Omar Tabárez, que cerró la ceremonia con las notas de “Silencio militar”. Pasado el mediodía, los familiares de los soldados comenzaron a caminar hacia los ómnibus que lo llevarían otra vez a Mount Pleasant, para abordar el avión que los devolvería por fin al continente que habían dejado temprano en la madrugada.

Un solo funcionario, el secretario de Derechos Humanos, Claudio Avruj, acompañó a los familiares en el Cementerio de Darwin. Y otro funcionario, el canciller Jorge Faurie, los recibió en el aeropuerto de Ezeiza. Pero el momento cumbre, sin dudas, fue la foto final con la bandera argentina de todos aquellos que perdieron a alguien demasiado cercano en las islas Malvinas. Esta vez no hubo tensiones, ni reproches diplomáticos, ni procedimientos policiales. Los funcionarios isleños se retiraron discretamente y dejaron que las familias procesaran su dolor en paz.

 

Es posible que el acercamiento entre los habitantes actuales de las Malvinas y las familias de quienes murieron combatiendo sea el comienzo de algo. Es difícil encontrar un resquicio entre el reclamo argentino e irrenunciable de soberanía y la fortaleza militar que Gran Bretaña ha construido después de la guerra.

Pero la continuidad de los vuelos. Los cruceros cada vez más frecuentes. Las comunicaciones satelitales. La identidad de los muertos. Son todos senderos que nos ayudan a acercarnos a las islas. Familiares, funcionarios y periodistas tardaron apenas dos horas y media en llegar a destino porque los viajes se hicieron en forma directa. Sin escalas en Río Gallegos o en alguna ciudad chilena. Un suspiro en línea recta sobre el océano Atlántico. Ese camino más rápido y tal vez más fructífero que la diplomacia argentina no acierta a encontrar desde hace treinta y siete años.

 

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