Un informe internacional de UNICEF, INTERPOL y ECPAT International reveló cifras preocupantes sobre los peligros que enfrentan niños y adolescentes en los entornos digitales. La investigación advierte que millones de menores fueron víctimas de distintas formas de violencia sexual facilitadas por la tecnología y que una gran parte de los casos permanece oculta porque las víctimas no se animan a contar lo sucedido.
Las redes sociales, las aplicaciones de mensajería y los videojuegos en línea forman parte de la vida cotidiana de millones de chicos. Sin embargo, esos mismos espacios también pueden convertirse en escenarios de manipulación, acoso, amenazas y explotación sexual, muchas veces sin que las familias adviertan lo que está ocurriendo.
La dimensión del problema quedó expuesta en el estudio Through Children’s Eyes: How Digital Technologies Enable Child Sexual Abuse, elaborado por UNICEF junto con INTERPOL y ECPAT International. Según sus resultados, aproximadamente 20 millones de adolescentes de entre 12 y 17 años, pertenecientes a 21 países, experimentaron al menos una situación de abuso o explotación sexual facilitada por la tecnología durante un período de un año.
En América Latina y el Caribe, los datos también generan preocupación. En los cuatro países de la región incluidos en el relevamiento, el 18% de los adolescentes que utilizan Internet manifestó haber atravesado alguna de estas experiencias. Esto significa que casi uno de cada cinco jóvenes estuvo expuesto a situaciones de violencia sexual vinculadas con herramientas digitales.
Uno de los aspectos más alarmantes es el silencio que rodea a estos episodios. Cerca de la mitad de las víctimas no compartió con nadie lo sucedido y apenas el 1% llegó a comunicarse con las autoridades, de acuerdo con los datos difundidos por UNICEF. Esta situación hace suponer que la verdadera magnitud del problema podría superar considerablemente las cifras conocidas.
El director regional de UNICEF para América Latina y el Caribe, Roberto Benes, explicó que más de la mitad de los abusos identificados se produjeron en plataformas como Facebook, Instagram, Snapchat, TikTok y WhatsApp. También advirtió que los responsables no siempre son desconocidos, ya que pueden tratarse de personas del entorno de las víctimas, incluidos conocidos, parejas o familiares.
Las modalidades de violencia son diversas y pueden comenzar con una conversación aparentemente inofensiva. Entre las situaciones detectadas aparecen pedidos de imágenes íntimas, conversaciones sexuales no deseadas, amenazas para obtener fotografías, difusión de contenido privado sin autorización y prácticas de grooming, mediante las cuales un adulto establece contacto con un menor con fines sexuales.
A estos riesgos se suma la utilización de inteligencia artificial para fabricar imágenes sexuales falsas o recopilar información personal que permita manipular emocionalmente a las víctimas. Naciones Unidas advirtió que estas herramientas pueden ser utilizadas para estudiar los intereses, las emociones y los comportamientos digitales de los chicos y adaptar las estrategias de engaño.
Las consecuencias no terminan cuando cesa el contacto con el agresor. Los especialistas señalan que las víctimas pueden experimentar ansiedad, miedo, vergüenza, pérdida de confianza y dificultades emocionales prolongadas. Durante la investigación, algunos adolescentes describieron sentimientos de humillación y culpa después de atravesar estas experiencias.
La preocupación también se refleja en otros relevamientos internacionales. Un informe del Childlight Global Child Safety Institute señaló que los casos registrados en Estados Unidos de abuso sexual infantil facilitado por la tecnología pasaron de 4.700 en 2023 a más de 67.000 durante 2024, una evolución que expone la necesidad de fortalecer los mecanismos de prevención y detección.
Frente a este escenario, UNICEF reclamó una mayor responsabilidad de las empresas tecnológicas y de los gobiernos. Entre las medidas propuestas aparecen sistemas de verificación de edad, protección de datos personales, herramientas de denuncia accesibles y procedimientos rápidos para intervenir ante situaciones de peligro.
Los propios adolescentes también reclamaron cambios. Sofía, una joven chilena integrante del Consejo de Acción Adolescente y Juvenil de UNICEF, pidió que las plataformas tengan en cuenta las edades de sus usuarios y permitan una mayor participación de padres y tutores en el acompañamiento de las primeras experiencias digitales. Desde Panamá, otro integrante del espacio, Ismael, expresó su preocupación por la privacidad y la recopilación de información personal.
Para las familias, los especialistas consideran fundamental mantener conversaciones abiertas sobre la actividad en Internet, prestar atención a posibles cambios de comportamiento y construir vínculos de confianza para que los menores puedan pedir ayuda sin temor a recibir castigos o ser culpabilizados.
Benes sintetizó la urgencia de enfrentar esta problemática con un llamado dirigido a toda la sociedad: “Todos debemos esforzarnos más por proteger a la infancia en línea”.
La advertencia apunta a una realidad cada vez más compleja: el acceso a Internet comienza a edades tempranas, mientras que los mecanismos de protección no siempre evolucionan con la misma velocidad que las herramientas tecnológicas.
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