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Malvinas

Foto emblema de la guerra de Malvinas: la dramática historia del soldado argentino

El 29 de mayo de 1982 el soldado argentino Walter Buffarini permanece arrodillado con una herida en la cabeza, tras la rendición en la batalla de Pradera del Ganso. Detrás lo custodian paracaidistas ingleses, tras 36 horas de combate. Libro "The Falklands War Then and Now" de Gordon Ramsey.

El soldado conscripto Walter “Polaco” Buffarini combatió en la batalla de Pradera del Ganso en la guerra de Malvinas, la más sangrienta de todas. Fueron 36 horas de combate entre 1.400 soldados de ambos bandos en una zona de sólo 1 kilómetro de frente por 3 de profundidad. Quince minutos antes de la rendición una esquirla de una bomba británica le voló la mitad de la cara. Antes, vio morir al teniente Roberto Estévez y a varios de sus compañeros y quedó retratado en una foto histórica de la capitulación en esa batalla.

A 39 años del combate que definió el curso de la guerra que se cumplieron este sábado, Clarín localizó a Buffarini y relató así su heroica experiencia:

Yo y mi sección estábamos posicionados en la escuela del pueblo de Darwin desde el 3 de abril. Eramos una segunda línea defensiva de las posiciones en Darwin. Secciones del Regimiento de Infantería 12 de Corrientes estaba en la primera línea.

Yo era del regimiento de infantería 25 de Sarmiento, Chubut. Pertenecía a la sección del entonces subteniente Juan José Gómez de Centurión. Era del grupo de apoyo de armas pesadas como las Instalazas (un lanzacohetes portátil) y ametralladoras Mag. Pero unos días antes de la batalla nos cambian a la sección del teniente Roberto Estévez y me quedé en la escuela de Darwin. Afuera tenía bien armadito mi "pozo de zorro" para poder operar mi Instalaza. Los de la Compañía C del 25 estábamos divididos en las secciones “los romeo” de Gómez Centurión y “los bote” de Estévez y “los gato” de otro subteniente.

Desde el 27 de mayo empezaron a caer bombas inglesas sobre las posiciones argentinas en Darwin. Los combates terrestres comenzaron el 28 en las colinas de Darwin donde estaban apostadas secciones del 12 a cargo del subteniente Ernesto Peluffo. Ese día ellos pidieron urgente refuerzos por radio. Entonces, Estévez nos reúne y nos da instrucciones para ir al combate.

Tuvimos que caminar 3 ó 4 mil metros con todo el armamento hasta la primera línea. Fue de terror. Era una noche muy oscura y de mucho frío. Sentíamos a cada metro cómo detonaban los cañonazos de artillería y de los buques británicos.

En un momento nos topamos con un alambrado y un grupo de ingleses abrió fuego en contra nuestra. Nos agarraron caminando. Nos tiramos cuerpo a tierra. Estábamos solo a unos 30 metros de los pozos del regimiento 12 de Corrientes. Llegamos arrastrándonos bajo una balacera impresionante. Balas trazantes y bengalas iluminaban la noche. Para nuestra mala suerte no había más lugar en los pozos.

A mi compañero Horacio Giraudo una esquirla le entró por la espalda y quedó mortalmente herido. Yo me tiré cuerpo a tierra a un costado de un pozo. Y el soldado Orlando Rufino, que también es de Córdoba, quedó cerca mío. Seguían cayendo bombas por todos lados y cada vez más cerca.

Los ingleses disparaban desde una altura y nosotros desde abajo. Nos separaban unos 60 metros. Al teniente Estévez le dieron dos balazos, pero siguió combatiendo, dando órdenes y “reglando” con una radio Thompson nuestro fuego de artillería. Me ordenó disparar con la Instalaza pero las bombas las tenía el soldado Enrique Culazo que sí había podido refugiarse en el pozo.

Estévez gritaba que disparemos con los “Fales” a la izquierda, a la derecha y a todo lo que se moviera fuera de nuestras posiciones. Los ingleses tenían visores nocturnos. Nosotros, no.

?Fuego libre. Nos rodeaban ?gritaba Estévez.

Me ordenó que disparaba la Instalaza hacia un cementerio donde se habían atrincherado unos ingleses. Le grité a Culazo y me trabajo tres bombas. Boca arriba y siempre cuerpo a tierra bajo ráfagas de balas, armé la Instalaza, saqué una bomba de su estuche de plástico y la cargué. Muy incómodo apunté y le di al cementerio. Vi un fogonazo y Estevez me gritó:

?Bien Bufa. Disparé de nuevo.

Logramos por unas horas frenarlos. Pero minutos después lo mataron a Estevez de un tercer tiro en la cara. Me quedaban dos bombas. Entonces, el cabo Mario Castro tomó la radio y siguió pasando datos a nuestra artillería. Pero también lo matan y quedó al mando el soldado Fabricio Carrascul quien siguió “reglando” el fuego. Carrascul pasó el parte por radio: “Murió el teniente Estévez y el cabo Castro. Me hice cargo de la sección”. Pero también lo matan. A los que agarraron la radio los mataron a todos.

Seguíamos tirando con FAL. Era tirar y tirar. Yo, Rufino y otros. Guirado no podía tirar por la gravedad de sus heridas. Se escuchaban gritos de desgarradores de dolor por todas partes. Un olor rancio mezcla de pólvora y sangre seca se esparcía por el campo.

Alguien me dijo “Bufa dispara la Instalaza hacia el frente" porque los paracaidistas ingleses venían avanzando desde una laguna o algo así. Faltaban unos 15 minutos para la rendición. La agarré y cuando estaba apuntando cayó otra bomba inglesa y la onda expansiva me tiró a dos o tres metros para atrás del pozo de zorro. Estaba aturdido pero no perdí el conocimiento. Me arrastré como pude al lado de Guirado. Me toqué la cara. Sentí que estaba destrozada. Me puse una toalla para sujetar mi maxilar derecho que quedó suelto. Una esquirla también me cortó la lengua y un pedazo del paladar. Rápidamente, la toalla quedó empatada de sangre. Entonces, la sujeté con mi pasamontaña que era lo único que me quedaba.

Era imposible soportar el fuego enemigo. Cada vez había más ingleses. Corrían por todos lados. Eran un hormiguero donde nos iban acorralando.

Ya había amanecido. Creo que eran las 9 o las 10. Me quedé boca arriba conteniendo mi dolor. Desde otro pozo de zorro escuchó que un soldado por orden del subteniente Ernesto Peluffo gritaba “parte para el teniente Estevez, parte para el teniente Estevez”. Y le contestaron:

Está muerto.

Así Peluffo, que había quedado a cargo de la posición y también tenía una herida en la cabeza y otra en la pierna, dio la orden de rendirse.

Entonces, apareció un cabo argentino que tenía un repasador blanco atado a un FAL en señal de rendición. Venía seguido de varios ingleses. Daban órdenes en inglés que no entendía. Dejé mis armas.

Me ordenaron a bajar a un claro. No necesité camilla pero estaban desangrando. Allí me practicaron primeros auxilios. Me vendaron toda la cara y ahí es cuando quedé arrodillado y retratado en esa foto histórica. También se ve a los soldados que resultaron ilesos boca abajo en el pasto. Todavía me pregunto que hace ese casco cerca de mí que se ve en la foto. Nosotros, los “romeo” o los “bote” de Gómez Centurión usábamos boina negra como los comandos.

Ahora que veo la foto recuerdo que me estaba asfixiando. Entonces me llevaron a un hospital de campaña que habían montado en un galpón. Me coartaron toda la ropa con una tijera y pusieron nuevas vendas. Como seguía perdiendo sangre y cada vez veía menos por la hinchazón decidieron trasladarme de urgencia. Pasaron los 30 minutos más largos de mi vida y me subieron a un helicóptero.

Lo último que recuerdo es que tenía todo suelto adentro de la boca, que llegué al buque hospital Uganda y me metieron en un quirófano. Me anestesiaron y cuando me desperté tenía hecha una traqueotomía y la cara toda cocida. Si me hubiesen herido así en medio del combate me hubiese muerto desangrado en un pozo. Tuve suerte.

En el posoperatorio apareció un sacerdote inglés que hablaba español. Pero no podía hablar por las heridas. El 29 de mayo cumplí 19 años. Me regaló un Rosario de piedra y yo le di el mío de plástico. Para entendernos, le escribía. Recuerdo que le gustaba el fútbol. También le dejé una carta a una enfermera que me cuidó. Después me mandó una carta pero con los años perdí el contacto. No tengo odio a los ingleses. Estoy vivo gracias a ellos. Estuve seis días con los ingleses.

Cuando regresé al continente estuve dos años internado. Me hicieron más de 30 operaciones en la cara. Algunas salieron bien y otras y mal. Al principio no podía hablar. Recién 25 años después de la guerra, un empresario argentino -conocido de Gómez Centurión y Seineldín- me pagó una prótesis y una operación para que pudiera comer normalmente. Me sacaron un pedazo de hueso de la cadera y quedé bien.

Siempre soñé que iba a volver a las Malvinas. Pude viajar en el 2009. Quería cerrar un ciclo en mi vida. Fuimos nueve veteranos. Visité la escuela de Darwin donde viví antes de la batalla. Repetí la famosa caminata que hice bajo fuego pero de día. Recogí tierra de mi pozo de zorro que ya estaba tapado pero aún se ven las marcas. Puede ver desde las alturas el panorama más amplio de la batalla. Desde donde tiré y me hirieron.

Estuve, también, en el cementerio de Darwin. Me hizo muy mal. No pude encontrar la tumba de Guirado. Aunque sea ya un hombre adulto, me lloré todo por mis compañeros muertos. Pensar que estuve muy cerca de estar enterrado allí. Pero volví el doble más malvinero. Le prometí a Guirado que iba a regresar. Hice un segundo viaje en el 2019 y esta vez sí lo pude despedir. Lo único que nos pertenece es el cementerio. Ojalá que nunca traigan los cuerpos al continente. Se termina la causa. Ellos son los verdaderos héroes.

Nosotros los veteranos no somos San Martín o Belgrano pero hicimos algo por la Patria. El sábado cumplí 58 años. Tengo 3 hijos y 4 nietos en mi pueblo General Cabrera y en la Villa del Dique donde vivo ahora. Ahora mi deber es que contar esta historia a los chicos para que no muera.

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