Lo último que vio Beatriz Páez fue el cuerpo de Alberto, su hijo, metiéndose en un avión Hércules en el Aeropuerto de El Palomar. “Pero casi no lo vi, los tenían amontonados como pájaros, todos parados, apretados, esperando para que se los llevaran a las islas”. Era 13 de abril de 1982, Beatriz cumplía años y a Alberto Reynoso le faltaban apenas quince días para terminar su tiempo como conscripto del Servicio Militar. Pero la Guerra de Malvinas cambió brutalmente los planes de la familia Reynoso.
Alberto junto a su mamá y su hermana, que es co-autora del libro "Nuestras mujeres de Malvinas". Ambas se llaman Beatriz.Los Reynoso fueron parte del programa especial Las 24 horas de las Malvinas, respaldado por la dictadura militar y emitido por ATC, el canal público de televisión. Beatriz donó su alianza matrimonial y, junto a otros vecinos de Hurlingham, llevaron alimentos y abrigos para que llegaran a los soldados en las islas.
“Pero ya sabemos lo que pasó: los soldados como mi hijo comían pésimo y pasaban muchísimo frío, los maltrataron, los tuvieron como animales”, define. En una de las cartas de Alberto que llegaron a la casa de Hurlingham, él explica que la letra manuscrita puede parecerles rara: “Es el frío”, escribió en 1982.
“Era rara la sensación cuando llegaban las cartas. Por un lado, era muy emocionante e importante tener noticias de mi hermano. Por otro lado, cuando veíamos la fecha en que nos había escrito, sabíamos que después habían ocurrido nuevos ataques británicos y que entonces no podíamos confiar en que Alberto estaba bien”, explica Beatriz Reynoso, la hermana del entonces conscripto.
Junto a Silvia Cordano, Reynoso publicó hace unos años el libro Nuestras Mujeres de Malvinas, que cuenta historias de madres de soldados que volvieron, hermanas de combatientes que perdieron la vida durante la guerra, e incluso la de una de las enfermeras militares que cuidó de los protagonistas de esa guerra que duró 74 días y en la que murieron 649 argentinos.
“En las cartas nos enterábamos del frío que pasaba Alberto, y también de lo mal que comían él y sus compañeros. Estábamos en contacto permanente con las familias de sus compañeros conscriptos para averiguar si en las cartas de esos soldados había noticias sobre mi hermano o viceversa”, describe Beatriz Reynoso.
El 8 de mayo de 1982, Pinky y Cacho Fontana realizaron 24 horas por Malvinas, un programa que buscaba juntar fondos para ayudar a los combatientes. (Foto Archivo GENTE)Su mamá suma: “Por suerte a nosotros nos llegaban sus cartas, y a él le llegaban las nuestras. Hubo soldados a las que no les llegaban, y eso los dejó todavía más solos. Alberto guardó todas las cartas que le íbamos mandando, las tenía con él, en uno de sus bolsillos”. Ahora las tiene guardadas, desde hace años, en una cajita de madera.
Resistir hasta el final
Alberto combatió en el Monte Dos Hermanas. Allí se produjo uno de los últimos enfrentamientos de la guerra, en el que finalmente vencieron los británicos y, por allí llegaron a Puerto Argentino, la capital de las islas. En Dos Hermanas, como en tantos otros rincones de Malvinas, los soldados argentinos resistieron hasta el final. La rendición fue el 14 de junio de 1982, hace exactamente 44 años.
“A mi hijo lo sacaron de la trinchera porque estaba mal. Cuando le golpearon los pies y las piernas y prácticamente no sintió nada, supo lo que estaba pasando”, cuenta Páez. Lo que estaba pasando es que Reynoso padecía pie de trinchera por todo el tiempo que habían pasado sus pies mojados a temperaturas bajísimas. Fue un daño frecuente entre los soldados más rasos de las fuerzas argentinas que, en muchos casos, no habían sido dotados de un calzado que los protegiera mejor.
“Lo trasladaron primero a Comodoro Rivadavia y después a Campo de Mayo. Tuvo que pasar por muchas operaciones y tratamientos durante mucho tiempo después, porque suponemos que no fue bien atendido en el primer momento”, cuenta Páez. Dice que la primera vez que volvió a ver a su hijo, que volvió a tocarlo después de que volviera vivo de la guerra, lloró de la emoción y de la angustia, por verlo tan flaco y herido.
El Cementerio de Darwin, en Malvinas, donde fueron enterrados los cuerpos de cientos de soldados. (Archivo DEF)Alberto había perdido unos diez kilos en Malvinas, y además del pie de trinchera, había sufrido lesiones en la cadera y le dolía la espalda a la altura de los riñones. Un médico militar de Campo de Mayo le preguntó por sus síntomas y dolencias y, al escuchar el relato de Alberto, le respondió: “¿Algo más querés tener, nene?”.
Beatriz Páez todavía se enoja cuando recuerda esa escena: “Se lo dijo como si mi hijo se hubiera buscado todo eso que le pasaba a su cuerpo, como si fuera su culpa. Ahí nomás le dije que íbamos a renunciar a la atención médica militar y nos pasábamos a la medicina civil”, reconstruye.
Para eso, el Ejército obligó a Alberto a renunciar a su condición de Veterano de Malvinas, condición que logró recuperar con el correr del tiempo. Ahora, junto a otros ex combatientes, recorre distintos lugares de la Argentina contando su experiencia en las islas en las que su vida cambió para siempre y en las que la muerte le pasó tan cerca.
Dos cumpleaños y una huella que no se borra
“Volvió a Campo de Mayo el 11 de junio, y desde el 11 de junio del año siguiente yo lo llamo para cantarle el ‘Feliz cumpleaños’. Lo llamo en su cumpleaños de nacimiento, en mayo, y el 11 de junio, porque para mí es como si ese día hubiera vuelto a nacer, así que festejamos las dos fechas”, dice la mamá de Alberto.
Además de ese día en el que vio a su hijo apilado con otros soldados sobre el Hércules que lo llevaría a la guerra, hay otra escena que Páez no olvida. “Nuestra casa es cerca de Campo de Mayo, así que se escuchaban siempre detonaciones de los ejercicios de instrucción. Tiempo después de Malvinas, en invierno, encontré a Alberto cerca de la estufa. Se escuchaban tiros y detonaciones desde Campo de Mayo y mi hijo murmuraba ‘nos están atacando, nos atacan’. Lo calmé como pude, pero ahí descubrí que todavía lleva la Guerra de Malvinas dentro suyo“.
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