Largas filas, personas que llegaron de madrugada y hasta quienes pasaron la noche a la intemperie marcaron una escena poco habitual en Buenos Aires. No se trataba de un evento religioso ni de un espectáculo internacional, sino de la inauguración de una tienda de artículos deportivos de bajo costo. El fenómeno reflejó un cambio profundo en los hábitos de consumo de los argentinos, de la mano de la apertura de importaciones impulsada por el gobierno de Javier Milei.
La llegada de Decathlon, que abrió su primera sucursal en el país tras la flexibilización de las políticas comerciales, se convirtió en un símbolo de esta nueva etapa. Para muchos consumidores, el desembarco de marcas internacionales representa un acceso largamente postergado a productos que durante años fueron escasos o excesivamente caros por las restricciones a las importaciones.
Durante gran parte de este siglo, la Argentina mantuvo un esquema proteccionista orientado a resguardar la industria local. En ese contexto, viajar al exterior y volver con valijas llenas de ropa, tecnología o artículos cotidianos era una práctica habitual entre sectores de clase media. Hoy, con menos trabas aduaneras, menores gravámenes y mayores facilidades para el comercio electrónico, ese consumo se trasladó a plataformas digitales como Shein, Temu o Amazon.
Este nuevo escenario desató un boom de compras, especialmente entre jóvenes y sectores urbanos, que ahora acceden a ropa, accesorios y tecnología a precios considerablemente más bajos. Especialistas en consumo describen el fenómeno como una liberación de una demanda contenida durante décadas, potenciada por la cercanía cultural de la clase media argentina con Europa y Estados Unidos.
Sin embargo, el impacto no es homogéneo. Mientras crece el entusiasmo de los consumidores, los productores nacionales enfrentan un contexto cada vez más adverso. La apertura comercial se da en un momento de costos elevados, presión impositiva y un tipo de cambio que abarata los productos importados, pero encarece los bienes fabricados localmente. Sectores como el textil ya registran caídas significativas en la producción y pérdida de puestos de trabajo, alimentando un debate que atraviesa a todo el país.
Desde el oficialismo, Milei defiende la liberalización y sostiene que el proteccionismo es insostenible, argumentando que una economía abierta permitirá reasignar recursos hacia actividades más competitivas. En la vereda opuesta, dirigentes opositores y referentes industriales advierten que la apertura “sin red” puede provocar cierres masivos de empresas y un deterioro del empleo, afectando la base misma del consumo.
Las cifras reflejan la magnitud del cambio: en los últimos meses, las importaciones de bienes de consumo crecieron con fuerza y las compras vía comercio electrónico se multiplicaron. Al mismo tiempo, se expanden nuevas marcas y modalidades de venta que se difunden rápidamente por redes sociales y canales informales.
En este escenario, la discusión de fondo sigue abierta. Para algunos, la apertura marca el ingreso definitivo de la Argentina al mercado global. Para otros, llega en el peor momento posible para la producción nacional. Mientras tanto, las filas frente a las tiendas y el auge de las plataformas digitales muestran que el consumo ya empezó a redefinirse, incluso antes de que el debate encuentre un punto de equilibrio.
Compartinos tu opinión