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La Argentina de los hogares sin hijos: una sociedad que envejece

Durante décadas, el crecimiento poblacional fue sinónimo de progreso. Hoy ocurre lo contrario: el mundo entero atraviesa una caída sostenida en la cantidad de nacimientos, mientras aumenta la esperanza de vida. Argentina no es la excepción y, en algunos indicadores, avanza incluso más rápido que otros países de la región hacia una sociedad más envejecida.

En apenas diez años, el promedio de hijos por mujer se redujo más de un 40% en el país. Este derrumbe coloca a la Argentina en niveles similares a los de Europa occidental y consolida una transformación profunda: los hogares sin hijos ya no son una rareza, sino una forma de vida cada vez más frecuente.

Más años de vida, menos nacimientos

La longevidad es uno de los grandes triunfos de la humanidad moderna. Los avances médicos, el acceso a vacunas, antibióticos y mejores condiciones sanitarias extendieron notablemente la vida. Sin embargo, ese éxito trae consigo un desafío estructural: sociedades con más personas mayores y menos niños.

“El mundo está viviendo un cambio demográfico de una magnitud inédita”, explicó Susana Sottoli, directora regional del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA). Recordó que a mediados del siglo XX el promedio global era de cinco hijos por mujer y que hoy ronda apenas los dos.

Pero el dato más relevante no es solo la caída de la fecundidad, sino la brecha entre lo que las personas desean y lo que efectivamente pueden hacer. “Muchas parejas quisieran tener más hijos, pero no pueden por razones económicas, laborales y de cuidados”, advirtió Sottoli, al señalar una crisis silenciosa en el ejercicio real de la libertad reproductiva.

La baja del embarazo adolescente: una señal positiva

Dentro de este panorama, hay una tendencia alentadora: el fuerte descenso del embarazo adolescente. En Argentina cayó alrededor del 60% en los últimos años, y aún más entre los sectores más vulnerables. Este fenómeno amplía oportunidades educativas y laborales para miles de jóvenes mujeres.

No obstante, la funcionaria remarcó que la región todavía arrastra desigualdades persistentes en el acceso a salud, educación sexual y servicios de cuidado, lo que limita las decisiones reproductivas genuinamente libres.

No es solo una cuestión de leyes ni de biología

El demógrafo Rafael Rofman, investigador de CIPPEC y doctor en Demografía por la Universidad de California, explicó que la baja natalidad no es un fenómeno nuevo ni provocado por una sola causa.

“La transición empezó hace más de dos siglos, con la modernización de las sociedades. Antes se tenían muchos hijos porque muchos no sobrevivían y porque criar era menos costoso en términos de tiempo, educación y dinero”, sostuvo.

Hoy el paradigma es otro: criar hijos implica una enorme inversión emocional, económica y de tiempo. Las familias priorizan la “calidad” de la crianza por sobre la cantidad de hijos. A eso se suma la urbanización, el acceso masivo a educación y la autonomía creciente de las mujeres.

“La gente ya no obedece mandatos sociales. Tiene los hijos que desea, si puede”, resumió Rofman.

Argentina, una transición acelerada

En el caso argentino, la velocidad del cambio es especialmente llamativa. A comienzos del siglo XX el promedio superaba los siete hijos por mujer; en 1950 rondaba los 3,5; y hoy se ubica cerca de uno y medio.

El descenso fue más abrupto entre adolescentes y mujeres con menor nivel educativo, lo que Rofman considera una mejora social, ya que reduce la reproducción asociada a contextos de vulnerabilidad.

Además, aclaró que la caída no se explica por el aborto legal ni por un aumento de interrupciones del embarazo: incluso en países con baja incidencia de aborto, la fecundidad también es baja.

El verdadero desafío: adaptar las instituciones

El problema central no es que nazcan pocos niños, sino que las instituciones siguen diseñadas para una sociedad que ya no existe.

Sistemas previsionales pensados para poblaciones jóvenes, mercados laborales que expulsan a las personas a los 60 años, ciudades poco amigables con la vejez y políticas de cuidado insuficientes forman parte del desajuste.

“No se trata de forzar a la gente a tener más hijos, sino de garantizar que quienes quieran hacerlo puedan. Y al mismo tiempo, adaptar las reglas a una sociedad más longeva”, planteó Rofman.

Esto incluye mejorar las licencias parentales, ampliar los sistemas de cuidado infantil, repensar la educación —donde ya sobran vacantes en el nivel inicial— y rediseñar los sistemas de salud y jubilación.

Una nueva forma de pensar el futuro

La Argentina está entrando en una etapa donde habrá menos niños, más adultos mayores y familias más pequeñas. No es una crisis demográfica en sí misma, sino una transformación profunda que exige políticas nuevas.

El desafío no es volver al pasado, sino construir un modelo que permita vivir más años, mejor, con instituciones acordes a esa nueva realidad. Porque el futuro no será más poblado, pero sí —inevitablemente— más viejo.

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