Hay territorios donde estar no es rutina, sino decisión. En el extremo sur del planeta, la Argentina llegará este 22 de febrero a 122 años de presencia ininterrumpida en la Antártida, una continuidad que combina investigación científica, trabajo logístico y participación activa en los acuerdos internacionales que protegen al continente blanco.
El punto de partida fue el 22 de febrero de 1904, cuando se izó la bandera nacional en isla Laurie (Orcadas del Sur). Aquel hecho marcó el inicio de una política sostenida en el tiempo: lo que comenzó como un observatorio meteorológico terminó convirtiéndose en una red de bases, refugios y campañas que proyectan conocimiento y cooperación en uno de los escenarios más exigentes del mundo.
Durante décadas, la presencia argentina tuvo un rasgo distintivo: fue la única ocupación permanente en esa región austral por un largo período. Con el tiempo, el foco se consolidó en tres ejes que siguen vigentes: ciencia, colaboración internacional y compromiso ambiental, en un contexto donde la Antártida resulta clave para comprender el sistema climático global.
El recorrido antártico también refleja un cambio de época. A fines del siglo XIX, la zona era explotada intensamente por la caza de fauna marina, con consecuencias ecológicas severas. Hoy, bajo el Sistema del Tratado Antártico y el Protocolo de Madrid, el continente es considerado una reserva natural dedicada a la paz y a la ciencia, y la Argentina participa como actor central en los ámbitos donde se discuten reglas, controles y prioridades.
La cooperación, además, atraviesa la historia desde el comienzo. La expedición escocesa de William Bruce vinculó a nuestro país con el refugio y el instrumental que dieron origen al funcionamiento continuo de Orcadas. Un año después, el rescate realizado por la corbeta ARA Uruguay a la expedición sueca liderada por Otto Nordenskjöld, con participación del alférez José María Sobral, sumó otro rasgo: la solidaridad como práctica concreta en el hielo, tradición que se replicó en operativos posteriores.
En Base Orcadas, el pasado convive con el presente. Allí se conservan edificaciones históricas como Casa Omond (1903) y Casa Moneta (1905) —hoy museo—, junto a un sitio declarado Monumento Histórico dentro del marco del Tratado Antártico. A la par, equipos científicos desarrollan investigaciones en áreas como meteorología, glaciología, geología, geofísica, ciencias atmosféricas y biología, con mediciones que ayudan a seguir variables sensibles del cambio climático.
En la actualidad, la infraestructura antártica argentina incluye seis bases permanentes (Orcadas, Marambio, Carlini, Esperanza, San Martín y Belgrano II) y siete temporarias de verano (Almirante Brown, Matienzo, Primavera, Cámara, Petrel, Melchior y Decepción), además de refugios de apoyo logístico distribuidos en la región. A esto se suman hitos de exploración, campañas oceanográficas con el rompehielos ARA Almirante Irízar y participaciones en misiones de auxilio y cooperación internacional.
En un mundo atravesado por el calentamiento global, celebrar 122 años no es mirar solo hacia atrás: es reafirmar una política de Estado que combina presencia, investigación y responsabilidad ambiental, con impacto directo en el conocimiento que hoy necesita el planeta.
10 claves para entender estos 122 años
- Presencia ininterrumpida desde el 22 de febrero de 1904.
- Orcadas como símbolo: ciencia continua y patrimonio histórico.
- La Antártida como prioridad científica, especialmente por su rol climático.
- Cooperación internacional como práctica histórica y vigente.
- Del extractivismo a la conservación, con reglas ambientales estrictas.
- Tratado Antártico y Protocolo de Madrid como marcos de paz y ciencia.
- Red de bases permanentes y temporarias para sostener campañas todo el año.
- Investigación multidisciplinaria (atmósfera, hielo, océanos, biología y más).
- Logística estratégica con apoyo naval y aeronáutico, incluida la labor del Irízar.
- Proyección futura: soberanía, conocimiento compartido y compromiso ambiental.
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