La travesía, anticipada por Buenos Aires/12 en diciembre de 2025, finalmente se concretó en dos etapas bien diferenciadas, aunque unidas por un mismo hilo conductor. Por un lado, una expedición científica en la Isla de los Estados; por otro, el cruce hacia las Islas Malvinas, en una navegación que el propio Navas definiría luego como la más dura de todas las que realizó, especialmente en el tramo final del viaje.
El 16 de febrero arribaron a Puerto Argentino. Allí, cumpliendo normativas, izaron la bandera británica de cortesía, pero mantuvieron siempre la bandera argentina por encima. “Durante seis días permaneció la celeste y blanca en la zona, en un fondeo a unos dos kilómetros de la costa. Esto, te diría, fue algo inédito”, remarcó Navas con orgullo.
El desembarco permitió recorrer distintos puntos clave. Cuatro de las tripulantes se alojaron en el pueblo, mientras que el resto inició visitas a sitios históricos. “La visita al cementerio argentino de Darwin fue uno de los momentos más significativos”, sintetizó Navas. Allí, cumplió mandatos de familiares de caídos y participó de una ceremonia que se extendió por una hora y media, en soledad, antes de la llegada de turistas.
El recorrido incluyó también el monte Tumbledown, donde se desarrollaron algunos de los combates finales de 1982. “Me senté en la cima pensando cómo habrían hecho nuestros pibes para transitar esos tres kilómetros bajo la lluvia y la nieve, cargando cocinas de campaña y municiones por la turba. Recreé toda la historia que tengo en la cabeza, pero esta vez en vivo y en directo”, contó el veterano de la marina argentina.
La experiencia en Malvinas combinó análisis y también reforzó el sentido de la causa. La observación de la base militar británica, definida por Navas como “una verdadera ciudad de la OTAN con 2.500 efectivos que rotan permanentemente”, contrastó con la prolijidad de Puerto Argentino, un enclave de apenas 20 cuadras de largo que hoy enfrenta problemas de desabastecimiento y crisis habitacional por la llegada de mano de obra extranjera. Para Navas, ver ese despliegue militar reafirma la importancia estratégica de la zona, pero no debilita su convicción: “Las Malvinas se recuperan con estudio, cultura y educación, no por la fuerza de las armas”.
Sembrar en el mar
El momento más significativo, por su carga personal, fue la ceremonia en el mar. Durante todo el viaje, Navas cuidó contra viento y marea las cenizas de su amigo Rubén Fusco, ex tripulante del submarino Santa Fe, combatiente en Georgia del Sur y prisionero de guerra trasladado a Uruguay. Fallecido años atrás, su familia le pidió a Navas que cuando regresara a Malvinas llevara sus cenizas.“Yo les pregunté si querían que las arrojara en el cementerio de Darwin o en el mar, y su esposa me dijo que quería en el mar”, contó Navas, quien eligió Puerto Argentino como punto de despedida.

Y Navas cumplió con lo prometido a la familia de su amigo. “Fusco volvió a Malvinas sin pasaporte”, aseguró el veterano bahiense, en una forma de reafirmar la soberanía desde la memoria.
Una travesía que fue de la calma al temporal
El jueves 15 de enero marcó el inicio formal del recorrido. Desde el puerto de Ushuaia zarparon dos embarcaciones, siendo estas el velero Galileo y el velero Pampa Mía. A bordo, ocho personas en cada uno, entre tripulantes, arqueólogos, un fotógrafo profesional, una artista plástica y un médico. El objetivo inicial era alcanzar la Isla de los Estados y desarrollar allí tareas de investigación científica vinculadas a restos de naufragios y contextos históricos.“Al principio la navegación fue tranquila”, describió Navas, refiriéndose al cruce del Paso Guaraní, cercano a Puerto Almanza, y el avance por el Canal Beagle. La espera por condiciones favorables para atravesar el estrecho de Le Maire marcó el ritmo de una expedición que desde el inicio combinó planificación con adaptación constante a la meteorología.

La expedición continuó luego hacia Puerto Cook, un sitio cargado de historia. Allí se encuentran las ruinas del refugio construido por Luis Piedrabuena hacia fines del siglo XIX, junto a un cementerio que conserva restos de náufragos y presidiarios. Ese paso no fue solo geográfico, sino también conceptual: el viaje empezaba a consolidar su carácter de cruce entre pasado y presente.
Los arqueólogos volvieron a trabajar durante dos días en Bahía Vancouver, mientras la tripulación mantenía la logística marítima. Más adelante, en Puerto Parry -donde existe una guarnición rotativa de la Armada Argentina-, los veleros permanecieron un día y medio resguardados de un temporal intenso que atravesaba el estrecho.
La navegación por el sudoeste de la Isla de los Estados, hacia Bahía Franklin, implicó ingresar en una de las zonas más complejas del recorrido. Allí los científicos desembarcaron nuevamente, mientras los veleros buscaban protección en Puerto Español, en Península Mitre. El regreso a Ushuaia, tras varios días de condiciones exigentes, cerró la primera etapa.

El avance inicial incluyó una escala en estancia Haberton y luego el ingreso a Bahía Buen Suceso, donde debieron soportar un temporal durante un día y medio. El cruce del estrecho de Le Maire, una de las zonas más temidas por navegantes, marcó el paso hacia mar abierto.
A partir de allí, la navegación se volvió más exigente. El rumbo hacia el norte de la Isla de los Estados fue la antesala del cruce hacia Malvinas, una decisión que implicaba enfrentar condiciones extremas. “Tuvimos un temporal muy fuerte”, recordó Navas. Las dos embarcaciones -de apenas 12 metros- avanzaban con once personas a bordo en total. El 14 de febrero lograron alcanzar el sur de la Isla Soledad, en Bahía de los Abrigos.
La llegada coincidió con el anuncio de otro temporal, proveniente de la zona antártica. Durante el día pudieron resguardarse y observar el paisaje, pero por la noche debieron zarpar para evitar riesgos mayores. Entre la medianoche y las ocho de la mañana, enfrentaron condiciones críticas. “Esta navegación fue lejos la más dura de todas las que hicimos hasta el momento”. Sin embargo, destacó el rol del equipo y la capacidad del barco para resistir.
Tras la estadía, el 20 de febrero iniciaron el regreso. La travesía de vuelta fue igualmente exigente con 13 días de navegación en mar abierto, con problemas en el motor y condiciones extremas.
El Galileo navegó prácticamente todo el trayecto a vela. El instrumental llegó a marcar velocidades de 15 nudos, muy por encima de su promedio habitual de 4. Las olas alcanzaron entre 6 y 8 metros. “Eso indica que el barco va prácticamente surfeando”, explicó.
Después de 60 días arriba del velero, el 5 de marzo arribaron a Mar del Plata. Días después, el velero llegó a Buenos Aires, donde permanece actualmente en el Centro Naval de Núñez para tareas de mantenimiento tras la travesía.
Más allá de los datos técnicos, el viaje dejó una serie de hitos. Entre ellos, la presencia sostenida de banderas argentinas en Malvinas durante seis días, algo que Navas remarcó como inédito. También consolidó al Galileo como una embarcación con una trayectoria singular compuesta de un viaje a Malvinas, travesías a la Antártida, múltiples cruces del Beagle y del estrecho de Le Maire, y navegación por el Cabo de Hornos.
Para Navas, sin embargo, el balance no se mide solo en millas náuticas. “Valió el costo, el esfuerzo y el sacrificio. Y sin dudas lo volvería a hacer”, afirmó. El viaje, que comenzó como un proyecto que combinaba ciencia y memoria, terminó siendo también una forma de cerrar historias, cumplir promesas y reafirmar una identidad.
En ese cruce entre experiencia personal e historia colectiva, la imagen de las cenizas de Fusco en el mar sintetiza el sentido del viaje con una vuelta sin documentos, sin permisos simbólicos, pero con la carga de una memoria que sigue buscando su lugar en el presente.
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