Una expedición científica internacional logró identificar una isla hasta ahora no registrada en el mar de Weddell, en la Antártida, en una zona que ya figuraba en cartas náuticas como peligrosa, aunque sin una explicación precisa sobre su origen.
El hallazgo se produjo de manera inesperada cuando el rompehielos Polarstern, operado por el Instituto Alfred Wegener, debió modificar su ruta por condiciones meteorológicas adversas cerca de la Isla Joinville. En ese contexto, los investigadores detectaron una formación que inicialmente parecía un iceberg oscuro.
Al acercarse, comprobaron que no se trataba de hielo, sino de una estructura rocosa emergida. “No era completamente blanca, sino más oscura y compacta”, explicó el expedicionario Simon Dreutter. Las primeras mediciones indican que la isla tiene unos 130 metros de largo, 50 de ancho y una altura aproximada de 16 metros sobre el nivel del mar.
Uno de los datos más llamativos es que el área ya estaba señalada en mapas como una “zona de peligro”, lo que sugiere que la presencia de esta formación había sido detectada indirectamente, aunque sin confirmación. Sin embargo, su ubicación real no coincidía con la señalada en las cartas, evidenciando limitaciones en la cartografía de una de las regiones menos exploradas del planeta.
Para documentar el descubrimiento, el equipo utilizó tecnología avanzada, como ecosondas multihaz para mapear el fondo marino y drones que permitieron generar un modelo tridimensional de la superficie.
Los científicos consideran que la isla pudo haber permanecido oculta durante años bajo hielo marino o entre témpanos, lo que dificultó su identificación incluso mediante imágenes satelitales. Otra hipótesis señala cambios en la dinámica del hielo que habrían dejado al descubierto esta base rocosa.
Aunque aún no se puede vincular directamente el fenómeno con el cambio climático, estudios recientes en el mar de Weddell indican una disminución sostenida del hielo desde 2017, lo que podría estar modificando la visibilidad de este tipo de formaciones.
El descubrimiento tiene impacto directo en la navegación antártica, ya que permite precisar un riesgo que hasta ahora era difuso. Además, abre nuevas líneas de investigación sobre la geología y la dinámica del hielo en una de las regiones más sensibles del planeta.
Como próximo paso, la isla será incorporada formalmente a las cartas náuticas internacionales y se le asignará un nombre oficial, integrando este hallazgo al conocimiento científico global.
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