El aumento sostenido de visitantes a la Antártida volvió a encender alarmas dentro de la comunidad científica internacional, que advierte sobre posibles consecuencias ambientales, sanitarias y ecológicas derivadas del crecimiento del turismo en uno de los ecosistemas más frágiles del planeta.
Durante la temporada 2024-2025, más de 118 mil personas visitaron el continente blanco, una cifra que triplica los registros observados hace apenas una década y que reavivó el debate sobre los límites del turismo en una región protegida por acuerdos internacionales orientados a la investigación científica y la preservación ambiental.
El fenómeno también reabre interrogantes sobre el espíritu del Tratado Antártico, firmado a fines de la década de 1950, que establece el uso pacífico y científico del territorio, limitando actividades que puedan comprometer su conservación.
De acuerdo con reportes internacionales, alrededor de 90 mil turistas lograron desembarcar en territorio antártico durante la última temporada, principalmente mediante cruceros de expedición que parten desde el extremo sur de Sudamérica. La mayoría de los visitantes provinieron de Estados Unidos y participaron de experiencias cada vez más exclusivas, que incluyen recorridos en embarcaciones pequeñas entre hielos, inmersiones en aguas polares y actividades recreativas sobre el hielo.
El crecimiento del sector no estuvo acompañado únicamente por entusiasmo económico. Especialistas comenzaron a advertir sobre los efectos del denominado “carbono negro”, partículas contaminantes liberadas por motores de barcos, combustibles y equipamientos utilizados tanto en cruceros como en bases científicas.
Estas partículas terminan depositándose sobre nieve y hielo, reduciendo la capacidad natural de reflejar radiación solar y acelerando procesos de deshielo en distintas áreas del continente.
Investigaciones científicas publicadas en revistas internacionales detectaron presencia de este material en zonas que anteriormente eran consideradas prácticamente intactas, generando preocupación sobre el efecto acumulativo de la actividad humana.
Otro de los riesgos señalados por expertos tiene que ver con el potencial sanitario. El contacto creciente entre personas y fauna silvestre incrementa la posibilidad de transmisión de enfermedades hacia especies extremadamente sensibles, especialmente luego de episodios recientes vinculados a influenza aviar en regiones australes.
Mamíferos marinos, aves y colonias de pingüinos aparecen entre las especies bajo mayor vigilancia sanitaria frente al incremento de visitantes.
Desde el sector turístico sostienen que en los últimos años comenzaron a implementarse protocolos ambientales más estrictos, incluyendo limpieza obligatoria de ropa y calzado antes de descender al continente, controles sobre desplazamientos y nuevas tecnologías de navegación orientadas a disminuir emisiones contaminantes.
Sin embargo, parte de la comunidad científica insiste en la necesidad de avanzar hacia regulaciones más severas, cupos de ingreso y controles internacionales para evitar que la presión turística termine generando daños irreversibles en el ecosistema polar.
La discusión volverá a instalarse en la próxima reunión internacional vinculada al Tratado Antártico, donde se analizarán medidas sobre protección ambiental, regulación del turismo y preservación de especies vulnerables del continente austral.
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