Lo que comenzó como un intento de incorporar una nueva especie y fomentar la industria peletera terminó convirtiéndose en uno de los mayores problemas ambientales de Tierra del Fuego. En noviembre de 1946 fueron liberados apenas 20 castores provenientes de Canadá, sin imaginar que ocho décadas después sus descendientes ocuparían prácticamente toda la Isla Grande.
Los animales —diez machos y diez hembras— fueron introducidos por iniciativa del Ministerio de Marina. El piloto canadiense Tom Lamb los había capturado en la provincia de Manitoba y luego los trasladó en un extenso recorrido aéreo que incluyó escalas en Miami y Río de Janeiro, hasta llegar a las inmediaciones del río Claro.
La llegada fue presentada como un acontecimiento positivo por Sucesos Argentinos, el tradicional noticiero que se proyectaba en los cines. Las imágenes mostraban a los castores descendiendo en pequeñas jaulas y siendo liberados bajo el argumento de “enriquecer la fauna”. Sin embargo, la ausencia de depredadores naturales permitió que la población creciera sin control.
Actualmente se estima que existen entre 100.000 y 150.000 castores en el sector argentino de Tierra del Fuego. Si se incluye el territorio chileno, la cifra alcanzaría los 300.000 ejemplares. Además, alrededor del 95% de las cuencas fueguinas ya presenta algún grado de colonización por esta especie exótica invasora.
El principal daño se produce por la tala de lengas, ñires y guindos, utilizados por los castores para alimentarse y construir diques. Estas estructuras modifican los cursos de agua, provocan inundaciones y destruyen amplias superficies de bosque nativo. A diferencia de los árboles norteamericanos, las especies fueguinas no vuelven a brotar después de ser cortadas o permanecer bajo el agua.
Una investigación difundida en 2017 calculó que solamente en el sector argentino de la isla se habían construido unos 70.000 diques. A la pérdida ambiental se suma un fuerte impacto económico, estimado en aproximadamente 66 millones de dólares anuales por las tierras degradadas, las actividades productivas afectadas y la destrucción de los servicios naturales brindados por los bosques.
Argentina y Chile llevan adelante diferentes estrategias para controlar y avanzar hacia la erradicación de la especie. A 80 años de aquella liberación, la historia de los castores demuestra cómo una decisión tomada sin evaluar sus consecuencias transformó a 20 animales en una plaga capaz de alterar profundamente uno de los ecosistemas más valiosos de la Patagonia.
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