Ya pasaron 44 años y se siguen llamando por el grado que tenían en la guerra. Juan José Gómez Centurión, mayor retirado, sigue siendo subteniente; Jorge Pacheco, retirado como suboficial mayor, cabo y José Esparza, empleado bancario durante más de treinta años, soldado, y así sigue la lista. A los hombres de la Sección Romeo, una de las tres que se formó en el seno de la compañía C del Regimiento de Infantería 25 para participar de la recuperación de las islas, los sigue uniendo una misión: más allá de la camaradería inquebrantable forjada en la trinchera, se propusieron homenajear a sus muertos en las comunidades donde nacieron y vivieron. Este sábado le toca al soldado Ricardo Andrés Austin, uno de los caídos heroicamente en el durísimo combate de Pradera del Ganso.
Una de las posiciones argentinas en Pradera del Ganso, escenario de intensos combates (Ejército Argentino)
Integrantes de la Sección Romeo: arriba, de izquierda a derecha sargento García, teniente primero Macci y los subtenientes Gómez Centurión y Aguiar. Abajo los cabos Avila, Martín, Oviedo y PachecoYa en la mañana, se decidió armar un contraataque para frenar al 2do Batallón de Paracaidistas, que se venían con los Royal Marines, con la manifiesta intención de rodear a las fuerzas argentinas; fueron frenados por los argentinos quienes les ocasionaron muertos y heridos.
Una de las últimas fotos de Austin antes de partir a Malvinas (Gentileza Patricia Austin)Mientras Gómez Centurión se arrastraba de su posición hacia una ametralladora que se había trabado, un disparo en la frente terminó con la vida del soldado santacruceño José Honorio Ortega, cuya esposa estaba embarazada de mellizas. La familia conserva media docena de cartas suyas. En la primera, fechada el 9 de abril, escribió en imprenta y en mayúsculas “Llegué a Malvinas”. Había ido como voluntario.
Dos ametralladoras británicas mantenían a raya a los argentinos, que recibían sus disparos desde un flanco. Entonces Gómez Centurión ordenó al sargento Sergio Ismael García que con dos soldados ocupase una posición para batirlas.
Daniel Esteban, megáfono en mano, junto a Juan José Gómez Centurión, jefe de la sección Romeo de la Compañía C del 25. (Gentileza Daniel Esteban)El sargento, herido, intentó continuar y también fue alcanzado. Falleció aferrando un rosario.
También el cabo Miguel Avila, cuando cambiaba de posición, cayó por el impacto de una esquirla de mortero en pleno rostro. Era un jujeño, introvertido, al que le costaba el tuteo, que encontró la muerte combatiendo junto a la sección de Estévez.
El combate era generalizado y, en medio de gritos, órdenes y explosiones, se veía cómo eran alcanzados hombres de ambos bandos.
El soldado Miguel Angel Canyazo recibió un disparo en la cabeza: el proyectil le entró por la frente, le rodeó el cuero cabelludo y le salió por la nuca. Tenía la cabeza abierta como una flor, pero estaba vivo. Gómez Centurión le dio la extremaunción, rezó un Padrenuestro, le hizo la señal de la cruz y le ordenó al soldado Aguilera que lo cargase. Sobreviviría a la guerra.
Ricardo Austin, el motivo del homenaje de sus camaradas de su secciónCuando los británicos intentaban rodear a la sección y, ante la falta de municiones, se ordenó un repliegue escalonado. Fue cuando abatieron al soldado Ramón Angel Cabrera, que disparaba parapetado detrás de los restos de un Pucará. Cabrera era un albañil cordobés que adiestraba caballos de carrera.
Hirieron seriamente en una pierna al cabo cocinero Andrés Fernández, de 24 años, quien no pertenecía a la sección pero que había decidido sumarse luego de tomar un fusil de un soldado herido que estaba en la enfermería. Se darían cuenta de su presencia durante el combate.
Sus heridas eran de tal gravedad que no era conveniente moverlo. Mientras el soldado Alamo disparaba rodilla en tierra para cubrirlos, le hicieron un torniquete con un pañuelo de paracaidista, y lo calmaron diciéndole que a la noche volverían por él.
Ningún soldado quería obedecer la orden de repliegue sin irse con su jefe de sección. Y así lo hicieron hasta la entrada del pueblo, donde efectivos del regimiento 12 los cubrieron.
Los veteranos de la sección se propusieron homenajear a sus caídos en el seno de las comunidades donde pertenecíanEsa noche Gómez Centurión, con los soldados José Aguerrebengoa y José Carobio, dos muchachos corpulentos, fueron a buscar a Fernández, quien se había hecho el muerto cuando una patrulla inglesa pasó a su lado. Fue una operación compleja porque los ingleses hacían fuego exploratorio y un helicóptero sobrevolaba la zona. Demoraron más de dos horas en ubicarlo y se orientaron por sus gritos de dolor. Consiguieron llevarlo a resguardo, mientras le tapaban la boca para que el enemigo no escuchase sus quejas. El no se acuerda de nada, recién recobraría la conciencia en el puesto sanitario. Perdería dos dedos y le colocarían un clavo en la cadera. “La guerra me enseñó a ser más humano, a ser buena persona, a valorar lo que uno hace”, sostendría años después.
En la mañana del sábado 29, no se escuchaban disparos y supieron que se estaba arreglando la rendición. Se dedicaron a desarmar el armamento y tirar las piezas al mar. Se dirigieron en formación y encerrados en un galpón. El 31 fueron llevados a San Carlos, de ahí al Sir Galahad, donde los llevaron a Bahía Ajax y finalmente embarcados en el Norland. El 13 de junio desembarcaron en Montevideo.
Tecka es una localidad situada en el noroeste de la provincia de Chubut, sobre la ruta 40, a unos cien kilómetros de Esquel. Fundada el 11 de julio de 1921, de esa ciudad era Austin.
De apellido galés, heredado de un abuelo que había emigrado a Trevelin y que se dedicó al cultivo de árboles frutales, Ricardo Andrés, o simplemente Andrés, como lo llamaban en la familia, era un chico de campo, que le gustaba la doma. Nacido el 31 de octubre de 1963, era amable y empático, cuando fue incorporado se caracterizaba por su perfil bajo, de un carácter serio, pero que siempre estaba predispuesto a realizar cualquier tarea. Según sus superiores, tenía un plus aparte, era de esas personas siempre atentas a las que no se necesitaba decirle qué hacer. Su rol en la sección fue el de tirador y lanzagranadas. Su mamá Celinda Espinoza, viuda y con los años vuelta a casar, se enteraría semanas más tarde que había ido a Malvinas. En sus cartas, él le contaba que estaba en las islas para defender a la Patria.
La idea de los integrantes de la sección Romeo es la de homenajear a sus muertos en las comunidades a las que pertenecían, porque aseguran que no son las fuerzas armadas las que forjan a un héroe, sino que los determinantes son los valores inculcados en la familia, la escuela y en la comunidad. Por eso, a lo largo de los años, estuvieron en San José, Entre Ríos, donde colocaron una placa en honor a García; en Jujuy recordaron a los cabos Oviedo y Avila, donde se conservan dos bustos; en Leones por el soldado Allende o en Santa Cruz por Ortega. En cada una de esas localidades, se organizan actos en los que participan vecinos y autoridades. Se lamentan que en la posguerra, José Luis Ceballos, Héctor Andrés Carrera y Miguel Canyaso, soldados de la sección, ya fallecieron.
En el caso de Austin, colocarán un busto en la Escuela 17, donde cursó parte de la primaria, porque la terminó en Carrenleufú, a cien kilómetros más hacia el oeste, al pie de la cordillera.
No será el primer reconocimiento al soldado caído. En 1988, sobre la ruta 40, se inauguró una estatua que, como no fue hecho con los materiales adecuados para soportar el duro clima patagónico, se fue deteriorando. Años después, cerca, se levantó otro, de cuerpo entero, llevando una bandera, con su madre a su lado. También hay una avenida y una plazoleta que llevan su nombre.
Su madre también es recordada. Celinda, de carácter jovial y alegre, con la muerte de su hijo cambió por completo y se transformó en otra persona. Iba a todos los actos conmemorativos y se acercó a los veteranos, porque decía que en ellos vivía una parte de su hijo. Era infaltable su presencia en los actos del 2 de abril en Tecka y el 28 de mayo en la sede del regimiento.
Los restos de su hijo fueron identificados en 2017, cuando dijo: “yo quiero que ahora lo dejen tranquilito en la tumba que está”.

Los miembros de la sección se reúnen dos o tres veces al año, y en cuanta oportunidad tienen, dan su testimonio. “Es muy difícil hacer entender que ellos murieron por la patria, por eso cuento cómo fue el combate”, explicó a Infobae el entonces soldado Esparza. Las reuniones comenzaron por el 2014 y recién entonces Pacheco volvió a ver a sus antiguos camaradas. Retirado como suboficial mayor, halló en la escritura una catarsis sobre lo que vivió entonces.
Cuando regresaron al continente y por fin pudieron darse un baño caliente y recibir ropa nueva, el soldado Norberto Aimé vio que el pantalón de Gómez Centurión tenía manchas de sangre de los muertos y heridos de la sección, y pidió quedárselo. Hoy esa prenda se exhibe en el museo del regimiento, vívido testimonio de cuando una treintena de valientes se enfrentaron a una compañía inglesa, defendiendo la patria.
Fuentes: Jorge Alberto Pacheco, Sección Romeo Malvinas ¡Si, juro! Memorias de un suboficial del Regimiento de Infantería 25, Ediciones Argentinidad; Entrevistas a Jorge Pacheco; Juan José Gómez Centurión; José Esparza; Mery Noemí Austin y Patricia Austin
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