En la película Fitzcarraldo, el cineasta Werner Herzog imaginó la odisea de un hombre que quería montar en plena selva amazónica un teatro donde se representase ópera. En la Argentina vive un músico que no está lejos de aquel emprendimiento quijotesco: su proyecto es llevar una orquesta sinfónica a la Antártida. Hablamos del compositor Nicolás Sorín, autor de varios soundtracks, entre ellos, el de Historias Mínimas, película de su padre Carlos. ¿Cómo se le ocurre a un tecladista que vive tranquilamente en Beccar, con su mujer Lula Bertoldi (del trío Eruca Sativa) y su hijito Julián, que es viable el sueño de componer en y para la Antártida?
Ahora bien, que quede claro que el problema no se limita a los pasajes:las temperaturas bajo cero conspiran contra la afinación de cualquier instrumento acústico. Como grafica Sorín hablando del destino de las infusiones en territorio antártico al aire libre: “Un cafecito, a los dos segundos, es frapuccino”. Lo de Sorín tiene su lógica: “Aproximadamente, setenta, ochenta personas: de cuerda necesitás diez o doce primeros violines, diez o doce segundos, violas… Sobre todo el primer movimiento. Como está escrito en muchas capas, cuando se va abriendo, necesitás que no sea de cámara. Y además la Antártida es eso, bien malheriana”. Mahleriana por la ampulosidad romántica de Gustav, no por la de Angel, claro.
Definitivamente, más que del auténtico Mahler, el primer movimiento tiene una referencia clara para cualquiera que haya escuchado media hora de música de Philip Glass, el compositor comercialmente más exitoso de la corriente minimalista surgida en los sesenta. “El minimalismo tuvo mucha influencia”, reconoce Sorín de esa repetición cíclica de acordes que también suele aparecer en su música de películas, como en la de tantos compositores de soundtracks actuales. “En ese momento estaba escuchando muchísimo a Philip Glass, y te digo que algunas obras las escuchaba y enseguida me largaba a llorar: tenía algo que también tenía el helado paisaje antártico”, dice.
Pero vayamos al principio: ¿Cómo fue que Nicolás Sorín terminó viajando a la Antártida para comenzar a componer una sinfonía por el momento inconclusa, la primera vez en enero de 2013 y la segunda, en el último abril?
En el Año Nuevo de 2013, Sorín hizo pie en la base Esperanza, para luego pasar a la base Marambio, en donde León Gieco realizó en 2000 una presentación a solas como parte del ciclo Argentina en Vivo. “Me invitó Andrea Juan, que en ese momento estaba a cargo de Arte y Cultura en la Antártida, un departamento que ya no existe más”, recuerda y lamenta Sorín. “Fueron dos meses. El primero, hermoso, muy movilizante, mucha inspiración.” Componía con un pequeño teclado de tres octavas, conectado a una computadora que convertía lo que tocaba en partituras, además de llevar “mucho papel pentagramado”. Lo ideal, dice, era salir a caminar. “Sentarte a ver los pingüinos que se meten en el agua turquesa. Tres minutos después es tan diferente, está siempre cambiando. Es un lugar tan virgen: yo lo veo como un santuario.”
CAMINO AL SUR. Nicolás espera ahora hacer su tercer viaje al sur. /FOTO: Constanza Niscovolos
Pero entonces, ¡el horror, el horror! “Un día estoy levantando una caja de víveres, a menos treinta grados, y escucho un crack; no le di bola, me fui a dormir. A las cinco me levanto con un dolor de brazos insoportable que casi me quemaba: estuve veinticuatro días sin dormir.” O sea, algo dormía, si dormir se le puede llamar a veinte minutos de sueño donde terminaba levantándose por el dolor, acentuado por la incertidumbre: “Tampoco sabía qué tenía: era una base militar; no me podía hacer tomografías”.
Finalmente, de regreso en América, el diagnóstico resultó una parálisis del serrato mayor. En cristiano: “Se me estaba muriendo el brazo, básicamente, estaba pendiendo de un nervio, fue una pesadilla. Obviamente, tuve El hijo del director de cine Carlos Sorín es un músico formado en los Estados Unidos. Se propuso la tarea de componer una obra inspirada en la Antártida. Fue al Polo Sur, sobrevivió al frío, pero casi se muere. Tras presentar parte de esta pieza titánica en el Teatro Colón, pronto estrenará más movimientos en el CCK.que parar el trabajo: después de una semana sin dormir, la cabeza ya te jugaba en contra”. Su atención estaba en que, finalmente, el bendito –e incómodo– avión de la Fuerza Aérea pudiese aterrizar. “El Hércules tenía problemas técnicos: cada cuatro días pasaba, daba unas vueltas y volvía a Río Gallegos porque no podía parar.” Se sentía, dice, como el personaje de Tom Hanks en la películaNáufrago. Tenía que superar tantos contratiempos...
Había un objetivo en la invitación original. Apuntaba a la postulación de Sorín, impulsada por Andrea Juan, para la prestigiosa Bienal de Venecia. “Después pasó lo del brazo, y yo no quería saber nada con la Antártida ni con ningún proyecto. Tuve dos años de rehabilitación tratando de salvar el brazo”, admite.
Pese a las dificultades, Sorín había quedado con ganas de retornar. Las cosas se fueron dando: primero fue convocado para ser uno de los compositores de Argentum, el espectáculo de noviembre pasado en el teatro Colón para agasajar a los líderes del G20,del que no hay registros de que haya movilizado el cabello mutante de Donald Trump, pero sí de haberle canalizado alguna lagrimita a Mauricio Macri.
“Me invitaron a hacer la música del G20 con Nico Guerschberg y Gustavo Mozzi”, dice, refiriéndose al talentosísimo pianista de Escalandrum (con quienes Sorín revisitó las Estaciones porteñas de Piazzolla) y al músico y actual director del CCK. “Como era geográfico, para la Patagonia, dije: ‘Vamos a probar, vamos a poner la Antártida’, y ahí me volví a encontrar con la obra.” Con el antecedente del G20 en su currículum, Sorín habló con Fernanda Millicay, de la Dirección Nacional del Artico, y volvió a viajar el último abril. “Mi idea es seguir visitando las bases, escribir y captarlas, porque cada una es muy distinta a otra”, anticipa. Según él, hay un vacío creativo para llenar. “Existe la Sinfonía Antártica de Vaughan Williams, un gran compositor inglés, que es para una película, pero no hay escritas sinfonías antárticas”, dice de la séptima sinfonía de Williams, que retomaba material compuesto para el film Scott of the Antartic, de1948.
En años recientes, la Antártida perdió la misma cantidad de hielo que el Polo Norte en cuatro décadas: “La última vez se escuchaba toda la pared de hielo de la caleta de Cailín, pero era normal”, cuenta Sorín. “Lo que sí, es muy dramático lo que está pasando con la grieta del hielo, el agua, los seres que ya no están donde estaban. Es como un termómetro del mundo y del calentamiento global.” Más influencias en el segundo viaje. Esta vez con un teclado aún más pequeño y cantando muchas ideas en su celular, Sorín buscó volver a conectar con las obras de Philip Glass que escuchaba en su primera incursión: “Y no me pasaba nada, nada era lo mismo”. Hasta que el algoritmo de Spotify le dio un norte, ahí en el Polo Sur.
“Estoy escuchando a Philip Glass y de repente se pasa la playlist a una recomendación de Jóhann Jóhannsson, un compositor islandés sinfónico y de películas. Lo puse, y dije: ‘Ah, va por acá’. Es otra base, otra geografía. Así que el segundo movimiento apeló más en algunas cosas a Rachmaninoff o Tchaikovsky: es más lírico, más expresivo, y el primero es más minimalista.” El método de Sorín fue dejar que la inspiración lo sorprendiera dispuesto a ponerse a trabajar: “La idea es captar eso, no tocar un pentagrama hasta no estar allá”. En el viaje de abril, por cuestiones climáticas estuvo una semana estacionado en Ushuaia, donde compuso y grabó “un montón de ideas”.
Al llegar a la Antártida, y cuando ya faltaban dos días para regresar, sintió que, de alguna manera, había estado haciendo trampa: “Todo esto fue concebido en un barco cruzando el (Pasaje de) Drake o en Ushuaia. Me pareció muy mental: más las ganas de escribir que de absorber el lugar. Y no era eso, así que borré todo y comencé de cero, y me fui contento, con un material sincero para con el lugar, una música tratando de apelar a la emoción y a la soledad, en vez del paisaje, como el primer movimiento”. Otra vez en su hogar, Sorín –quien tras la combinación de helicópteros, aviones y barcos para ir y venir de la Antártida se sintió “un G. I. Joe de la música”– trabaja sobre todo en la orquestación de la obra.
Lo inmediato será un “Sorín sinfónico” programado para noviembre en el CCK, donde además de música de filmes, presentará los dos primeros movimientos de esta Sinfonía Antártica. “Todavía no sé cuántos movimientos van a ser, puede tener la misma cantidad de viajes que haga. Por el momento tengo dos que son muy similares y a la vez muy diferentes. ¿Habrá un tercero?” ¿Y para cuando el tercer viaje? “Todavía no, yo me iría todos los años. Es difícil por los permisos, pero voy a seguir golpeando puertas, si no es acá...”, dice, dispuesto a instalarse en la base de otro país.
Hay varias puntas. Con su amigo y socio Hernán Román quisieron crear una Orquesta Antártica seleccionada por un jurado, que lograse llegar hasta el Polo Sur desde Ushuaia. También barajó posibilidades con Greenpeace: “En un momento querían hacer como lo que hizo Ludovico Einaudi en el Artico, que puso un piano en una placa”, dice en referencia a una performance de 2016 sobre aguas árticas. “No es fácil, son cosas que necesitan muchísima logística.” Además de pósters de los Beatles, en el estudio de Sorín hay una foto de los Metallica, quienes en 2013 tocaron en la base Cailín, donde él paró en su segundo viaje (“Creo que tomé mate en el termo del que tomó Metallica. Me saqué una foto con el termo. Yo era muy fan”). La logística fue pagada por Coca Cola. “El mensaje que quiero dar no sé si Coca Cola lo podría dar”, dice ante la posibilidad de invocar al sponsoreo. “Estaría bueno que el que acompañe el proyecto lo acompañe porque apoya. No veo a McDonald’s como un sponsor posible.”
Hay otras opciones barajadas por Sorín. Una era la de hacer una versión orquestal de Playing For Change (el proyecto donde distintos músicos a lo ancho del mundo contribuyen con su parte a una grabación), o directamente interpretar la sinfonía en Ushuaia. Si se quiere ir a fondo, en verano, la base Marambio llega a registrar cinco grados; incluso Sorín se animó a sacarse alguna foto con el torso desnudo: “El problema es el vientito”. Y pensar que la temperatura es un factor regulado por las normativas de las orquestas al momento de tocar al aire libre, que pueden determinar la cancelación de la presentación. “Tenés que contaminar a la gente afín; la gente que está en esas orquestas por ahí individualmente se presta. Hay mucha gente a la que le encantaría, a mucha otra, no. Es una locura –reconoce–. Pero es una locura que se puede hacer.
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