Lo hacía luego de participar de tareas en campos minados, de ir y venir a Puerto Argentino, y recordaba cómo, con sus 19 años, llevaba los detonadores en la guantera del jeep, algo que estaba prohibido, por su peligrosidad. Durante la guerra mandó 17 cartas, que en 1984, mediante un engaño, se las quitaron. Entonces, una persona se presentó en su casa en Villa Mercedes, San Luis. Decía ser veterano, se movilizaba en muletas y aseguraba que el escritor Ernesto Sábato estaba elaborando un libro sobre Malvinas y precisaba la correspondencia de los soldados. Entonces Ponce, que por entonces trabajaba en el ferrocarril, ofreció darle fotocopias, pero el hombre respondió que Sábato exigía originales. Daniel accedió, ya que tenía la esperanza que lo que habian hecho en la guerra quedase cristalizado en un libro. De esta manera, esta persona se las llevó, y la misma maniobra la repitió con Edgardo Guerrero, un compañero de su misma compañía, que estuvo en Tumbledown. No prestaron atención a los reparos puestos por la mamá de Guerrero, que era de la idea de no entregarlas. Un par de años después, en un viaje de Ponce a Buenos Aires, se acercó a Santos Lugares, donde vivía el escritor. Y para su sorpresa éste le respondió que jamás había pedido las cartas, que no lo haría nunca. Al veterano, ante el engaño, el mundo se le vino abajo, y por años creyó que esa valiosa correspondencia la habían destruido.
Hablando con otros veteranos, se enteró de casos similares ocurridos más o menos en la misma época en el que, mediante historias inventadas, desconocidos se apoderaban de correspondencia para luego venderla al mejor postor. El domingo pasado Jesús Lepes, un amigo de Ponce, le advirtió por Facebook que en el sitio de subastas eBay se vendía la carta que había escrito el 29 de abril, dos días antes del inicio del ataque británico. “Por eso la carta tiene una letra prolija, además en el colegio tenía diez en caligrafía”, contó. “Cuando la guerra comenzó, la letra cambió”. De ahí en más hubo una catarata de reclamos al sitio web, que no la subastase y se la devolviese a su dueño. Ponce descubrió que el poseedor de la pieza ya había comercializado un importante lote de efectos relacionados a Malvinas. Para Ponce, lo que vivió en las islas lo marcó profundamente. “En mi casa se respira Malvinas”, subrayó, y para movilizarse usa un jeep militar. Contó que el 19 de junio de 1982 por la noche regresó al continente en el Irízar, fecha que se le fijó porque tocó tierra el día de la Bandera y del Padre. En el buque tuvo oportunidad de ducharse, y tiene grabado que el recibimiento que recibieron a bordo fue muy cálido y emotivo, “muy distinto al que recibió el grueso de los soldados”.
La posguerra no fue sencilla para él. Ya desde antes de que le tocase cumplir con el servicio militar, trabajaba en un taller de motos. Luego también haría trabajos de chapista y soldador, siempre en el ambiente de la mecánica. Estuvo veinte años sin poder hablar de la guerra. En 2014, gracias a la ayuda del gobierno de San Luis, integró uno de los tres contigentes de veteranos que volvieron a las islas. “Es muy sanador viajar a Malvinas”, contó a Infobae. “Es reconfortante caminar por los lugares donde estuve en la guerra, y donde ahora reina la paz. Volvería a Malvinas todos los meses”.
Hace años se le ocurrió armar un museo dedicado a la guerra, que lo empezó con ejemplares de diarios y revistas de la época, pero que con el correr del tiempo le fueron acercando diversas piezas, y algunas son sorprendentes.
Asimismo, en vitrinas se exhiben objetos como las viejas zapatillas Flecha, restos de cintos de combate y un frasco de dulce de durazno casero rescatado de una trinchera, y al que abrieron treinta años despues y que estaba comestible. A lo largo del tiempo, los veteranos y familiares fueron acercando objetos, como los uniformes con los que volvieron al continente.
El museo, ubicado en avenida Los Alamos 1851, en Villa Mercedes, conserva una balsa que pertenecía al Crucero General Belgrano pero que habia quedado en tierra. Cuando se cumplieron los 41 años de la guerra, se la infló y sobrevivientes del buque la usaron en un espejo de agua. “Se lloraron la vida”, acotó. Recientemente le acercaron un trozo de teca, madera de la cubierta del Belgrano, que habia sido cambiada en 1979. Ponce aguarda, con su mamá de 93 años, expectante el momento en que pueda reunirse nuevamente con la carta y sabe que en algún momento podrá hablar con la persona que intentó subastarla. Entonces, le pedirá que le explique por qué lucra con algo tan sentido, como son las Malvinas que, en definitivo, son parte de nuestra historia, bien argentina.
Marcado con la flecha, Ponce junto a sus compañeros en Puerto Argentino, en 1982
El sobre de la carta, y la letra prolija del veterano, que siempre en el colegio tuvo un 10 en caligrafía
En el servicio militar, cuando aún no imaginaba que iba a participar de una guerra
En el cementerio de Darwin, en la tumba de su compañero Ordóñez
Vista del museo que armó en Villa Mercedes. Comenzó con publicaciones y día a día lo va enriqueciendo
En la unidad en la que sirvió en Malvinas, se conserva una placa con los nombres de todos los integrantes, Ponce entre ellos
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