En el marco del 24 de marzo, Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, durante la segunda sesión ordinaria del Concejo Deliberante de Río Grande se presentó un proyecto que propone cambiar el nombre del barrio Almirante Carlos Robacio. La iniciativa fue impulsada por estudiantes y acompañada por organizaciones de Derechos Humanos, en una jornada atravesada por la memoria y la reflexión sobre la historia reciente de la ciudad.
El pedido fue leído en el recinto por Elías Piñeyro y Gimena Cruz, integrantes del Bachillerato Popular, quienes expusieron los fundamentos del proyecto ante los concejales y el público presente.
La propuesta busca que el barrio pase a denominarse “Florencia Angélica Rojas Gutiérrez”, en homenaje a la docente asesinada en Río Grande en un hecho ocurrido frente al casino de Oficiales, en la intersección de San Martín y Espora. Se trata de un episodio que generó una profunda conmoción social en su momento y que, según se expuso durante la sesión, nunca fue esclarecido judicialmente ni tuvo responsables imputados.
Durante la presentación, los oradores dejaron en claro el sentido de la propuesta: “No venimos a desmerecer la participación de Robacio en la guerra, ni a discutir la causa Malvinas”, expresaron, al tiempo que remarcaron que “la defensa de la soberanía en el Atlántico Sur es una causa nacional”. Sin embargo, señalaron que las políticas de memoria, verdad y justicia implican también revisar lo ocurrido en el territorio durante ese mismo período histórico.
En ese contexto, se hizo especial hincapié en el caso de Florencia Angélica Rojas Gutiérrez. “Es imposible no nombrarla”, sostuvieron, al recordar que fue asesinada cuando el vehículo en el que se trasladaba junto a amigas fue atacado a tiros desde el casino de oficiales. “Este hecho no fue uno más. Conmovió profundamente a Río Grande, hubo marchas, hubo una comunidad que salió a la calle a pedir explicaciones”, afirmaron, destacando además que “nadie fue imputado ni juzgado nunca”.
Asimismo, durante la exposición se mencionaron testimonios que, con el paso de los años, señalaron responsabilidades dentro del Batallón de Infantería de Marina N.º 5 (BIM 5), unidad que tenía asiento en Río Grande. “Distintos testimonios han señalado que la orden de disparar provino del mando del BIM-5”, indicaron, agregando que incluso existen versiones que sostienen que el propio Robacio habría reconocido haber dado la orden.
En esa línea, uno de los planteos más contundentes fue que “Robacio no podía desconocer lo sucedido que calló toda la sociedad de Río Grande”, en referencia no solo al caso de la docente, sino también a otros hechos ocurridos en la ciudad durante aquellos años.
Los oradores insistieron en que el objetivo del proyecto no es juzgar personas, sino asumir la complejidad de la historia reciente y fortalecer la memoria colectiva desde una perspectiva democrática. En ese sentido, remarcaron el valor simbólico de los nombres en el espacio público: “Nombrar no es un acto neutro. Nombrar un barrio es decidir qué historias ponemos en el espacio público, qué memorias hacemos visibles y cuáles dejamos en silencio”.
Bajo esa premisa, sostuvieron que el cambio de nombre “no es un gesto menor”, sino “una forma de reparar, de reconocer, de decir que esa vida importa y que esta historia nos duele y nos constituye”. Asimismo, subrayaron que “no se trata de borrar la historia sino de hacernos cargo de ella” y que esta decisión implica, en definitiva, “elegir qué ciudad queremos ser”.
La iniciativa cuenta con el acompañamiento de distintos organismos de Derechos Humanos, entre ellos la Multisectorial de Derechos Humanos, Madres de Plaza de Mayo (Línea Fundadora), HIJOS, la Mesa de Organismos de Derechos Humanos, entre otros espacios que expresaron su adhesión al proyecto.
El pedido fue formalmente presentado ante el Concejo Deliberante y deberá ser analizado en las comisiones correspondientes antes de su eventual tratamiento en el recinto.
Carta completa de María Rufina Rojas
“Mi nombre es María Rufina, hermana mayor de Lita por nueve años. Al menos así lo recuerdo. Nunca lo olvidé, a pesar de los años transcurridos. Fuimos muy unidas, no sólo hermanas, compañeras. Compartíamos confidencias, risas, sueños simples.
Lita tenía una manera especial de mirar la vida, era sensible, dedicada y profundamente buena. Tenía esa vocación que no se aprende, la de quien realmente quiere hacer el bien.
Cuando cumplió sus 15 años, mis padres le dieron permiso para ir a los bailes, a los carnavales tan típicos del norte argentino, pero siempre en mi compañía. Así crecimos, juntas, cuidadas, inseparables. Teníamos nuestro grupo de amigas y salíamos al baile, como se decía entonces.
Eran tiempos de inocencia. La vida nos llevó al sur. Ella se instaló primero en Caleta Olivia y luego nos radicamos en Río Grande. Lita trabajaba como maestra especial en la escuela N° 8. Amaba lo que hacía. Los chicos la querían y ella dejaba algo en cada uno. Era su forma de estar en el mundo.
Llegó diciembre, tiempo de volver a casa. Ya tenía su pasaje para Andalgalá, Catamarca. Ese viaje que tantas veces había hecho, pero que esta vez no llegó a concretar.
Aquella noche asistió junto a sus compañeras a la inauguración de una confitería en la plaza. Al terminar decidieron dar una vuelta en auto. Tomaron por calle Fagnano y al girar hacia Avenida San Martín pasaron por el casino de oficiales.
Y todo se quebró. Fueron atacadas a tiros. Lita, herida en la pierna, alcanzó a decir que quería bajarse del auto. Estaba sangrando. Poco después se desvaneció. La llevaron al hospital y allí murió.
Murió una hija, murió una hermana, murió una persona buena que no le hacía daño a nadie.
Tiempo después, el comandante Robacio se presentó en nuestra casa. No vino con respuestas. Vino con una frase. Dijo que se habían equivocado de auto. Dijo que la orden había sido disparar a matar. Yo le pregunté por qué. ¿Por qué a matar? ¿Por qué no a las ruedas? No hubo explicación. No hubo humanidad en su respuesta. Solo dijo: ‘lo hecho, hecho está’.
Pero no, no está. Porque lo hecho dejó una ausencia que nunca se llenó.
Proponemos que el barrio deje de llevar el nombre de quien representó el dolor y la impunidad para pasar a honrar a alguien que fue víctima de ese hecho.
Que se llame barrio Florencia Angélica Rojas, en memoria de una mujer buena, maestra, hermana, hija, profundamente querida.
Porque la memoria no puede construirse sobre el olvido, ni sobre nombres que lastiman. Debe construirse sobre la verdad, la dignidad y el respeto”.
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