En la esquina de 9 de Julio y Alberdi, cada tarde se enciende un fuego que no solo sirve para cocinar tortillas. También sostiene una historia de esfuerzo, distancia, familia y solidaridad. Allí trabaja Misael Silva, un joven de 28 años oriundo de San Lorenzo, Santa Fe, que llegó a Río Grande buscando un futuro mejor.
Desde hace algunos meses, Misael prepara y vende tortillas caseras para poder afrontar el alquiler y los gastos diarios. Pero al terminar la jornada, cuando quedan algunas sin vender, toma una decisión que emociona: las entrega gratis a personas que están atravesando un momento difícil.
El gesto nació en medio de su propia tristeza. Durante casi seis meses estuvo solo en la ciudad, lejos de su esposa y de sus tres hijos, Misael, Pedro y Marcos, de 7, 9 y 11 años. La distancia le pesó mucho, pero también lo llevó a mirar alrededor y descubrir que había otras personas que necesitaban una mano.
Como no quería vender al día siguiente las tortillas que habían quedado, decidió publicar en redes sociales que las donaba. La respuesta de la gente lo conmovió profundamente. Muchos se acercaron con necesidad, otros con lágrimas en los ojos, y ese agradecimiento terminó dándole a él la fuerza que también estaba buscando.
Misael cuenta que trabaja desde los 14 años y que este oficio le gusta. Cada día se instala cerca de las 14.30 y permanece hasta aproximadamente las 21, preparando tortillas para los vecinos que se acercan a comprarle. Con el tiempo, su historia comenzó a circular en redes sociales y una de sus publicaciones superó las 40 mil visualizaciones.
Hace apenas unos días pudo reencontrarse con su familia, después de meses de sacrificio y espera. Su esposa y sus hijos llegaron a Río Grande para acompañarlo en esta nueva etapa, en la que el trabajo diario se convirtió en una esperanza compartida.
Hoy Misael tiene otro objetivo: conseguir un chulengo propio para poder seguir trabajando, ya que el que utiliza actualmente es prestado y deberá devolverlo el mes próximo. Sueña con comprar uno en cuotas o recibir la ayuda de alguien que pueda colaborar.
Mientras tanto, sigue en la misma esquina, con el fuego encendido y las manos trabajando. Porque para Misael, cada tortilla representa mucho más que una venta: es una forma de salir adelante, de abrazar a su familia y también de tenderle la mano a quien más lo necesita.
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