Cada Mundial vuelve a encender una costumbre muy argentina: las cábalas. Usar siempre la misma camiseta, sentarse en el mismo lugar, juntarse con las mismas personas o repetir una comida antes del partido son rituales que, aunque no influyen en lo que ocurre dentro de la cancha, forman parte de la manera en que millones de hinchas viven cada presentación de la Selección argentina.
El origen de la palabra cábala está lejos del fútbol. Proviene de la tradición mística judía medieval y hacía referencia a enseñanzas espirituales vinculadas con el universo, el alma y el simbolismo de letras y números. Con el tiempo, especialmente en Argentina, el término cambió de sentido y pasó a asociarse con prácticas destinadas a atraer la buena suerte, encontrando en el deporte un terreno ideal para multiplicarse.
Desde la psicología, estas conductas se explican por la necesidad de reducir la ansiedad frente a situaciones que no se pueden controlar. Durante un partido, el hincha sufre, espera y desea un resultado, pero no tiene ninguna incidencia real sobre el juego. Por eso, según especialistas, una cábala puede generar alivio emocional: no cambia el marcador, pero ofrece la sensación de estar haciendo algo para acompañar el deseo de ganar.
En el fútbol argentino sobran ejemplos, desde las costumbres de Carlos Bilardo hasta la famosa historia de “Kiricocho”, que se expandió incluso al fútbol internacional. De todos modos, los especialistas advierten que estos rituales son saludables mientras se vivan como parte del juego o de la diversión. El problema aparece cuando dejan de ser una costumbre compartida y se transforman en una obligación que provoca angustia. Así, cada Copa del Mundo confirma que las cábalas siguen vigentes porque también son una forma de pertenecer, compartir y sentir el fútbol más allá de la cancha.
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