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La otra cara de la crisis del libro: cómo la pandemia está destruyendo la industria de los manuales educativos

“La caída del mercado editorial de texto desde el año 2019, porque no podemos negar que venimos arrastrando una recesión y ahora le sumamos la pandemia, es del orden del 70%. Somos un segmento que tiene trabajando a más de 5 mil familias”, cuenta Raúl Sánchez, presidente de la Comisión de Educación de la Cámara Argentina de Publicaciones y gerente general de la editorial EDIBA, y agrega: “Primero está la pasión por educar, después viene la empresa. Por eso tenemos en nuestro país editores de texto de más de cincuenta años. Hay una diversidad enorme y una excelencia académica muy grande. Nosotros no podemos hacer cualquier libro. Hay que estar muy en línea con las políticas educativas”. Por su parte, Graciela Valle, directora editorial de Santillana, afirma: “Los editores de libros de texto somos educadores, venimos de ese palo; para nosotros el libro sigue siendo una herramienta fundamental. Estando los chicos en sus casas, no es lo mismo mandarle ejercicios que tener un libro que funcione como guía. Pero este año hay preocupaciones más urgentes y dramáticas, incluso para la escuela misma”.
“En estos momentos, tan particulares, la proporción en unidades de libros de texto frente a generales ha sido de un 10% en el mercado. Mientras que en tiempos normales y desde dónde veníamos o estábamos previamente era de un 40% textos y 60 % generales así como también en unidades”. El que habla es Ramiro Villalba director de AZ Editora y parte del Grupo Educación a la Cámara Argentina del Libro. Hace unos días, la Cámara publicó un informe con los números del 2020: la producción pasó de 12,4 millones de ejemplares en 2019 a 8 millones en 2020, y si se compara con 2016 la caída es del 60%. Lo interesante, y quizás esperanzador, es que en cuanto a cantidad de títulos se produjeron más: de 27 mil en 2019 se hicieron 28 mil en 2020. Eso significa que pese a la caída del poder adquisitivo de los lectores y a la falta de infraestructura económica para mantener las tiradas de ejemplares de años anteriores, se escribe y se edita más. No es el caso de los libros de texto, porque las editoriales que los producen achicaron su plan editorial durante el 2020.
Judith Rasnosky, gerenta editorial de Estrada, agrega más precisiones sobre este submundo, el de los los manuales educativos, dentro del gran universo editorial argentino: “Son libros que no se compran por impulso. Son libros que no se compran por impulso. Requieren la mediación de las y los docentes, quienes a partir del catálogo que les acercan los representantes comerciales de las editoriales, eligen uno o varios libros para trabajar en clase. A veces también participa en este proceso el equipo directivo o de coordinación y la representación legal de la escuela. Estos libros están dirigidos a estudiantes pero quienes los compran en la librería son las familias. Esta es una de las grandes complejidades que tiene el sector, lo que nosotros llamamos “el triple destinatario”. Las tiradas suelen ser mayores porque son libros que aspiran a ser utilizados en escuelas de todo el país y todo se imprime en la Argentina”.
Cómo funciona el mundo de los manuales educativos
“En AZ nuestro pilar fundamental es la educación, los libros de textos. Hoy, en nuestra editorial, la proporción está, en cantidad de títulos, en un 40% en libros de textos y un 60% en literatura infantil y juvenil, pero en facturación y en la producción es al revés. La inversión de los libros de texto trepa a un 80%”, cuenta Ramiro Villalba y enumera quiénes participan de la producción de esos libros: autores, editores (“muchas veces son varias con especialidades, como en Matemática, Ciencias Sociales”), ilustradores, correctores, diseñadores, diagramadores, cartógrafos (“se le pide el detalle de cómo se necesitan los mapas para los libros, y eso es casi un trabajo de diseño”), asesores pedagógicos según el nivel educativo al que va dirigido el libro, fotógrafos (“en general se necesitan muchas imágenes específicas, no alcanzan con las que tenemos en nuestro banco de fotos”), programadores y docentes (“hacen el trabajo de evaluación de los libros”).
Las editoriales trabajan con promotores que van a colegios privados y públicos. Primero está lo que llaman pretemporada: en noviembre y diciembre llevan información, toman notas de las necesidades, el primer contacto de cara al año que viene. En febrero vuelven para hacer la promoción del material y mostrar los contenidos ya elaborados. Luego los docentes, los directivos, los bibliotecarios deciden qué libros van a adoptar. Y finalmente está la parte estrictamente comercial, las compras, que en general se hacen en los canales tradicionales de venta: las librerías. Raúl Sánchez, explica que “es un sector atemporal, es decir, nuestra temporalidad está sujeta al tiempo escolar. Hay una temporada en febrero de promoción y luego, en marzo, abril y algo de mayo, está la parte de ventas y del trabajo en sí. Pero después de ahí ya nos abocamos a la temporada siguiente. Todo nuestro esfuerzo anual se reduce a tres meses. Eso implica muchos riesgos: es todo o nada”.
“Los colegios deciden por el contenido —continúa Sánchez—, por su planificación o también por precio, que es lo que hoy prevalece por la crisis económica. Pero el contenido es fundamental, te tiene que servir. Hoy muchas escuelas han privilegiado la cuota por delante del libro o del uniforme. Ese 70% de caída tiene que ver con todo esto. Pero estamos en una crisis, la culpa no es de los colegios. Estamos en una situación difícil. No solo la padece el sector editorial, también todo el mundo. Pensá esto: un texto escolar es el valor de un kilo y medio de helado. Sin desmerecer el helado, que es rico, pero no nos olvidemos que el helado se derrite; el libro no, y lo tenés todo un año en tu casa o más, lo podés consultar siempre. Sin desmerecer a otros rubros, hoy estamos en ese valor. Pero, ¿ese es el valor del libro de texto? Diríamos que no, pero es el precio que da la percepción. Es un momento, además, donde hay que comprar otras cosas: las zapatillas, los útiles”.
“Las novedades tienen un peso muy importante en las ventas de cada año. Los libros de texto suelen tener una vida útil bastante corta, ya sea porque cambian o se actualizan los contenidos curriculares y los enfoques pedagógicos o porque al ser libros que se usan tan intensamente durante el ciclo lectivo requieren una renovación que acerque nuevas herramientas a las y los docentes”, dice Judith Rasnosky, y agrega que “la venta de los libros de texto es absolutamente estacional. Se desarrolla durante alrededor de 8 semanas que van desde que las familias reciben la indicación de qué libro se utilizará durante el año, hasta dos o tres semanas después de comenzadas las clases. Esto significa que los libros que no se vendieron en ese tiempo, tienen muy pocas chances de venderse durante el año. Suelen pasar al año siguiente, aunque sin ningún tipo de garantía de que puedan ser vendidos.
Cuenta Graciela Valle que “en Argentina, en un proceso de diez, doce años, hubo una especie de rueda donde las editoriales fuimos produciendo cada vez más novedades porque los docentes en las escuelas fueron valorando y requiriendo esas novedades y poniendo más el acento en la compra de libros nuevos. Para las editoriales en general las novedades nos aportaban la posibilidad de acceder a más aulas. Y cuanto más pequeños son los niños los docentes requerían libros más nuevos. En el primer ciclo pasa mucho eso. Entonces en las editoriales fuimos produciendo novedades para ese segmento todos los años: personajes nuevos, gráficas renovadas, propuestas diferentes. Con el inicio de la pandemia, el año pasado, se cerró la temporada. Y este año se hizo muy lento todo porque hubo temas más urgentes como las burbujas. Creo que este año va a ser menor la venta que el año pasado. Con esto cambia el paradigma de la novedad”.
El manual en las escuelas
“Creo que hoy el texto puede potenciarse con muchos recursos”. El que habla es Diego Di Vincenzo, docente, poeta y alguien que trabajó durante años en sellos dedicados a libros de textos. Cuenta que en sus clases del colegio usa videos, infografías, líneas de tiempo, incluso editores de video o redes sociales como medio de comunicación, “pero el texto tiene un enorme poder organizador que difícilmente se encuentre en la web, justamente por este carácter de ‘curaduría’ de los profesionales de la edición. Si hoy me preguntaran cuál debería ser el desafío de un texto como recurso de enseñanza diría que es ese: deslindar muy claramente aquello que un manual puede ofrecer y que difícilmente se encuentre en la web. Cuando se confunden los soportes por los cuales circula la información hay problemas. Por otra parte, los aportes del mundo digital imitan con poca creatividad lo que circula en forma analógica en el mundo educativo. Creo que un intento serio por producir contenido audiovisual fue el canal Encuentro (es)”.
“Hay producciones sumamente útiles para trabajar contenidos en la escuela —continúa—, por ejemplo, los históricos. Hay uno, concretamente, que se llama Doscientos años de literatura argentina, que es un intento muy serio por acercar a la escuela una aproximación programática a nuestra literatura. Sin embargo, a ese material (que no necesariamente debería hacerlo el mismo canal) le falta el resto: qué se lee, más allá del fragmento del programa, cómo se lee, cuánto se lee. ¡Y qué se hace después de leer! Esa cuestión (qué se hace) es una demanda habitual del campo docente. Es muy común oír: ‘Leamos, leamos, leamos en la escuela y que les guste, los atrape’, pero... ¿y? Digo: cuál es la diferencia de leer en la escuela, cuál es su plus. La conceptualización de esas expectativas y los modos de volverlas intervención concreta con un grupo de estudiantes a través de materiales didácticos no es incumbencia (solo) de un capo en disciplina, o de un docente especializado o un experto en didáctica... allí aparecería el editor educativo, que es capaz de organizar un principio rector para volver escolarizables y productivos esos contenidos”.
“Las editoriales educativas suelen ser aliadas centrales de las transformaciones educativas. Difícilmente los cambios de contenidos puedan llevarse adelante sin ellas. La universidad, la pedagogía, el campo disciplinar..., en nuestro país, a diferencia de otros, y por una tradición que se ha roto (porque históricamente no ha sido así), no hace alianza con la escuela, no hacen una alianza certera o productiva”, concluye.
El rol del Estado
Según los datos de la Agencia de ISBN —registro de libro para uso comercial— con que se hizo el informe de la Cámara Argentina del Libro, el 15% de las nuevas publicaciones del 2020 responde a la categoría “Infantiles, juveniles y didácticos”; es la segunda, luego de “Biografías, literatura y estudios literarios”, que representa el 17%. Además, los libros infantiles continúan siendo la temática más popular entre las novedades para el Sector Editorial Comercial (SEC) concentrado el 42% de la tirada. Y de los 8 millones de ejemplares impresos en 2020 del SEC, 3,4 millones responden a la categoría “Infantiles, juveniles y didácticos”. Sin embargo, aunque todos estos datos contienen a los manuales educativos, también se incluye a la literatura infantil y juvenil, es decir, a la ficción, a la narrativa. A veces, no siempre, esa narrativa se utiliza de forma complementaria, pero no entra dentro de lo que se entiende como libro de texto.
Algo importante es que en el informe se aclara que “no se incluyeron los 52 millones de ejemplares registrados por el Ministerio de Educación de la Nación debido a que se trata de material didáctico en formato de cuadernillos de distribución gratuita. Este tipo de impresiones no corresponde a la categoría ‘libros’, y se realizó a los fines excepcionales de acompañar la situación de no presencialidad escolar”. ¿Qué son esos 52 millones de ejemplares? Cuadernillos producidos por el ministerio para distribuir en las escuelas durante el año pasado, cuando recién empezaba la pandemia, que se hicieron con materiales donados por las editoriales. “Fue un torniquete”, dice Villalba porque “el objetivo fue abordar en muy poco tiempo la emergencia educativa”. “Durante los años previos, el Estado redujo considerablemente la política de dotación de libros y, en este sentido, el año 2020 no fue la excepción. En general no hubo compras, salvo en algún que otro municipio”, agrega Judith Rasnosky y Raúl Sánchez propone: “Hay aprovechar el trabajo de los editores y trabajar en conjunto con el Estado en una política educativa nacional”.

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