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Malvinas

Malvinas: qué dijo la Junta Militar después de la rendición y la furia de Galtieri cuando lo “tiraron por la borda”

El fin de la guerra de las Malvinas según contaron sus protagonistas de la Junta Militar: Leopoldo Galtieri, Jorge Anaya, Basilio Lami Dozo y el general Calvi.

El jueves 10 de junio de 1982 fue el Día de Afirmación de los Derechos Argentinos en las Malvinas y en Buenos Aires, por la tarde, se lo celebró con escenas que manifestaban un enorme entusiasmo. La gente coreaba “borombombón, borombombón, salí Galtieri, salí al balcón”. No salió al balcón, pero en la puerta de Balcarce 50, de viva voz, dijo: “Yo siento la palabra del pueblo, al observar esta gente que llegó a la Plaza de Mayo”. Luego vinieron una sucesión de hechos que convirtieron a “éste fin de semana difícil de describir” en un informe del domingo 13 de junio: El papa Juan Pablo II estuvo en Buenos Aires, miles de personas lo siguieron en sus misas en Lujan y en Palermo, y en España el seleccionado argentino de fútbol perdía frente a Bélgica.

Luego, en apenas cuatro días todo se precipitó y la dura realidad salió a la superficie. Era el final: “Esto se acabó. Ya no nos quedan medios. Se combatió duramente hasta las últimas horas. El grupo de artillería ha sido pulverizado… me avisan que los ingleses están a 4 o 5 cuadras de este lugar”, le dijo el general Mario Benjamín Menéndez al general Héctor Eduardo Iglesias, secretario general de la Presidencia de la Nación, durante una conversación telefónica realizada a las 10.55 del lunes 14 de junio de 1982.

Ante tanta contrariedad Leopoldo Fortunato Galtieri –a través del general Juan García—mandó decirle a Menéndez que no firmara ninguna rendición.

El 14 de junio, con la caída de la tarde, alguna gente comenzó a acercarse a la Casa Rosada buscando novedades. No eran más de trescientas personas que comenzaron a gritar: “No se rindan, no se rindan”. No se sabía fehacientemente lo que ocurría. Oficialmente nadie pronunciaba la palabra “rendición”. Como observaría el embajador estadounidense, Harry Schlaudeman, “Galtieri y la Junta, sencillamente, no dijeron nada durante 24 horas mientras el país se debatía entre las dudas y el temor”.

Las reuniones de altos mandos militares se sucedían hora tras hora. Por la noche, Galtieri se reunió con los generales de división y les relató los acontecimientos de la jornada. Luego, para ganar tiempo, les solicitó una tarea de asesoramiento para ser entregada al día siguiente, sobre si se debía continuar el conflicto. De todos los presentes el único que se expresó a favor de continuar el enfrentamiento fue el general Alfredo Saint Jean y como el propio Galtieri me contó: “Solicito que cada general me presente un documento que contenga su pensamiento sobre el estado de la situación general, institucional, internacional y económica. O sea, les doy trabajo para que no piensen en otra cosa”.

Tras largos cabildeos castrenses sobre si Galtieri debía dar un discurso, el martes 15, a las 22 horas, enfrentó las cámaras de televisión y dijo por cadena nacional: “El combate de Puerto Argentino ha finalizado…los que cayeron están vivos para siempre, pelearon contra la incomprensión, el menosprecio y la soberbia. Enfrentaron con más coraje que armamento la abrumadora superioridad de una potencia apoyada por la tecnología militar de los Estados Unidos de Norteamérica, sorprendentemente enemigos de la Argentina y su pueblo […]No habrá paz definitiva si se vuelve al status colonial”.

Mientras tanto en los alrededores de la Casa Rosada se había juntado gente para protestar contra la rendición. Muchos concurrieron porque se dijo que Galtieri iba a hablar públicamente desde el balcón de la Casa Rosada, e iba a hacer severos anuncios. A las 17.30 una unidad móvil de ATC se estableció en el lugar, mientras un millar de personas ya comenzaba a realizar cánticos desfavorables al gobierno. Más tarde se agregaron los empleados públicos que salían de sus oficinas. Luego llegaron activistas. A las 18.40 avanzó la Policía Federal para dispersar al público que gritaba: “La Junta Militar la vergüenza nacional” y “rendición es traición”. Finalmente, la muchedumbre fue violentamente reprimida y las adyacencias de Plaza de Mayo fueron escenario de batallas campales entre manifestantes y policías.

Tras pronunciar el discurso televisivo, Galtieri se dirigió al Edificio Libertador para mantener una reunión con los generales de división. Como le recordará al autor: “Tengo una reunión con los generales de división, donde no se plantean problemas mayores… sólo se crea una discusión cuando el general Edgardo Calvi plantea el tema de la no consulta con los generales, de que yo había procedido por mi cuenta. Le respondo que si es así y no está de acuerdo, ya sabe lo que tiene que hacer. Lo siguieron en el planteo Llamil Reston y Horacio Varela Ortiz. Entonces los tres pidieron el retiro”.

El general Calvi relató más tarde que el comandante en jefe exaltado les dice a los presentes que él se va a hacer responsable de la conducción de la guerra y sus problemas: “Yo me hago responsable sim ustedes”. Y los señala a cada uno: “Usted, usted, si todos me apoyan yo voy a ser responsable, porque tengo una espalda muy ancha y la capacidad para hacerme responsable y agrandarme en los momentos difíciles”. Luego de unos segundos de silencio preguntó en voz alta: “¿Están todos de acuerdo?”. Tras esto, Calvi atinó a decir que, sin recriminar lo pasado, “en adelante yo quiero que en los grandes problemas de interés nacional se me informe, y después que hagan lo que quieran, pero que se escuche mi opinión”.

Tras una dura respuesta de Galtieri, Calvi le presenta su retiro. Actitud que van a seguir los generales Horacio Varela Ortiz (Fabricaciones Militares) y Llamil Reston (IV Cuerpo). Para aquietar las aguas José Antonio Vaquero, jefe del Estado Mayor, dirigiéndose a Galtieri, dice: “Vea, vamos a tomar un descanso, vamos a ver qué pasa”. Galtieri va a tener otra mirada cuando me dijo: “Quienes encabezaron el movimiento para alejarme fueron Calvi, Reston y Varela Ortíz. Tal era mi decisión de no renunciar que hice preparar una entrevista con cuatro periodistas de Presidencia a quienes les dije que yo no era de aquellos que abandonan el barco cuando éste se hunde. Ante estos acontecimientos, yo tenía dos alternativas. Una aceptar el pedido de renuncia e irme, como hice. La otra, provocar el descabezamiento de la cúpula del Ejército, a través de algunos llamados a los generales de brigada que me respondían, con mando y con ‘fierros’. No lo hice, porque temí desatar una convulsión. Pero eso es historia antigua. Cuando termina la reunión, los tres solicitan una entrevista conmigo por separado. Los recibí por orden de antigüedad. El primero fue Reston. Entró diciendo: ‘¿Me invita con un whisky?’ En la conversación, tanto él como los otros me dicen que la discusión era el resultado de los nervios que se vivían, que no había que darle mayor trascendencia. Yo respondo que es posible que así sea, que todos estábamos cansados por el esfuerzo que realizábamos. Acordé con los tres que nos olvidaríamos del pedido de pase a retiro. Sin embargo, yo me pregunté: ¿Cómo harán mañana para presentarse otra vez frente a todos los generales? En esa reunión, no obstante, se plantea el tema del arreglo con Washington, como una forma de solucionar el conflicto. Es Reston quien hace más hincapié en esto”.

Además de los testimonios de Calvi y Galtieri hay una minuta que guardo desde hace 40 años relatando parte de esa reunión con generales de división: “El cónclave fue citado por Galtieri con el objeto de resolver si se continuaba o no el enfrentamiento con Inglaterra. El general Vaquero, entonces, dijo que así como la semana pasada los 14 generales del Estado Mayor Especial se habían pronunciado en un dictamen por continuar la guerra, ahora debía solicitarse otro. La mayoría de los generales de división expresaron que no se estaba en condiciones de seguir peleando y que había que negociar con Gran Bretaña a través de los Estados Unidos”.

“El general Reston dijo: ‘Vea mi general, en 1945 se hizo la conferencia de Yalta, donde se dividió al mundo en zonas de influencia. Nosotros quedamos dentro de la esfera norteamericana. Si usted quiere frenar a la Thatcher tiene que ir a Washington’. Fue entonces que Galtieri respondió: ‘De ninguna manera, no lo voy a aceptar’. Reston volvió a tomar la palabra: ‘El concepto que existe en el exterior es que Argentina se portó como un chico díscolo, y ahora el profesor le pega con una regla en las manos’”.

Galtieri respondió: “Nosotros fuimos solidarios con Estados Unidos en todo, con las manos que les dimos que nos respondan así”.

El diálogo siguió: “‘Sí, tiene razón -volvió a responder Reston-, pero lo fuimos solamente cinco meses. Hay otros países que llevan veinte años de solidaridad, como Inglaterra’. ‘Mediten bien -dijo Galtieri- hacemos una nueva reunión el jueves para adoptar una decisión”

“Culmina la reunión –sigue relatando Galtieri- acordándose un nuevo encuentro para el jueves siguiente, y retorno al tercer piso. Desde mi despacho llamo por el intercomunicador al general Vaquero al quinto piso, y su ayudante me responde que está reunido con los generales de brigada del Estado Mayor. Entonces subo a reunirme con ellos. Además de Vaquero, estaban presentes los generales Rodolfo Wehner, Alfredo Sotera, Eduardo Espósito, Miguel Ángel Podestá, José Tacchi y Meli, el reemplazante de Menéndez en la Jefatura III. La reunión se inicia a la una de la madrugada y termina a las tres y media. Al poco rato empieza una serie de planteos sobre los apoyos que estábamos recibiendo de países o mandatarios que, directa o indirectamente, habían ayudado a la subversión (Cuba y Libia, por ejemplo). En la reunión con los generales de división me habían dicho que, me gustara o no, se debía ‘arreglar’ con Estados Unidos. A los altos mandos tampoco les había gustado que yo lo hubiera mandado al canciller Costa Méndez a La Habana. Para cerrar la reunión, a las tres y media, les dije a los generales de brigada: ‘Para continuar en el mando, yo necesito el respaldo expreso de la fuerza’. A mi juicio, era necesario tomar una serie de medidas de trascendencia y, por lo tanto, se requería contar con el respaldo unificado de todo el Ejército. Después, me voy a dormir. En verdad, antes paso por la Casa de Gobierno y aviso que ‘mañana vengo al mediodía’. Me dirijo a Campo de Mayo”. Antes de partir le comenta al general Iglesias, Secretario General de la Presidencia, que “huelo mal todo esto”.

El 16, sin la presencia de Galtieri, continúan las reuniones castrenses y se realiza otra reunión de altos mandos. La minuta de esa reunión señala, entre otras cuestiones: “En esas horas de fuertes discusiones sobre el apoyo a Galtieri, Vaquero fue tomando la opinión de cada uno de los generales de división. El general Osvaldo García no estuvo en las reuniones porque se encontraba al frente del Cuerpo V, pero de todas maneras fue consultado telefónicamente. Vaquero lo llamo para informarlo y consultarlo: ‘General García, aquí se han reunido los generales y determinaron relevar a Galtieri. ¿Usted está de acuerdo?’. La respuesta del militar fue lacónica: ‘Sí, como militar estoy de acuerdo’”.

Galtieri va a decir: “Vaquero, a la mañana siguiente (jueves 17), me viene a ver. Me dice: ‘Los generales te piden el retiro del Ejército y la renuncia a la Presidencia’”. Según se supo, la primera reacción de Galtieri fue explosiva. Se sentó en la cama y dijo: “Cómo me van a hacer esto a mí”. Caminando por la habitación en calzoncillos, alzando la voz, le ordena una reunión con los generales por la tarde y Vaquero responde que el cónclave no debe hacerse porque carece de sentido. Finalmente, Galtieri aceptó los argumentos. Mientras tanto, para el más alto nivel aeronáutico de ese momento, la caída de Galtieri fue una jugada del general de división Cristino Nicolaides, acompañado por algunos generales que en el pasado habían sido afectos a Roberto Viola. Tal como me conto el brigadier general Basilio Lami Dozo, el jefe de la Fuerza Aérea, en esos momentos, habló con Jorge Isaac Anaya:

–Negro, que se vaya Galtieri es un problema del Ejército, pero que deje la Presidencia de la Nación es un problema de la Junta Militar.

-Va a ser un problema bárbaro -respondió el marino.

Según me dijo el propio Lami Dozo, en esas horas, recibió al vicealmirante Carlos Pablo Carpintero, jefe de Logística del Estado Mayor de la Armada, con el encargo de Anaya de que asuma la Presidencia de la Nación, pero que antes debía dejar “los fierros” (abandonar la comandancia de la Fuerza Aérea), y el jefe aeronáutico condicionó: “En la primera etapa no, si no quedo a la intemperie”. Luego de hablar con los brigadieres mayores se dio cuenta de que no estaban “entusiasmados”.

Más tarde Lami Dozo recibió un llamado de Nicolaides:

Nicolaides: –¿Me invitás con un café?

Lami Dozo: -Te espero en el edificio Cóndor.

Una vez que estuvieron frente a frente, Nicolaides no perdió tiempo:

Nicolaides: -Nosotros queremos que sea Reynaldo Bignone.

Lami Dozo: -No puede ser, le falta condiciones de mando y tiene el problema de su hijo.

Nicolaides: -Mire brigadier, el Proceso comenzó con un general del Ejército de Presidente y debe terminar con un general del Ejército.

La Fuerza Aérea no acepto la decisión del Ejército y la Junta Militar se partió. El día que asumió Bignone, Lami Dozo no asistió y el 17 de agosto dejó la comandancia en jefe de la Fuerza Aérea. Apenas estuvo nueve meses en el cargo: Malvinas lo arrastró.

La crisis en la cúpula del poder militar luego de la rendición reflejada en los títulos de los diarios de la época

El sábado 19, la nueva Junta Militar se reunió en el Edificio Libertador. Según el relato de Jorge Isaac Anaya a este cronista, en una minuta dictada el 18 de marzo de 2007, que ambienta la situación institucional de esos días, en las horas previas a la reunión de la Junta “Nicolaides pidió que se firmase el cese de hostilidades, a lo cual Anaya se negó (condición que ponía Gran Bretaña para liberar a los detenidos)”.

Luego, “la nueva Junta encara la designación del nuevo Presidente de la Nación, lo cual según los Estatutos del Proceso, debía ser resuelto por unanimidad”. Entonces, Nicolaides propone al general (RE) Reynaldo Bignone. El brigadier Basilio Lami Dozo se propone a sí mismo y Anaya a Nicanor Costa Méndez. Pero como los Estatutos del Proceso especificaban que tenía que ser un jefe de las Fuerzas Armadas, la propuesta de Anaya no fue aceptada, pese a que sugirió que el Estatuto fuera modificado en ese sentido”.

Todo sucedió tan rápido que el propio Schlaudeman le comentaría al Secretario Alexander Haig (cable 03670): “Galtieri fue tirado por la borda más rápido de lo que pensé”.

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