Roberto Ulloa era apenas un adolescente cuando, navegando las aguas heladas del sur con su padre, vio a lo lejos las alturas que se recortaban entre las nubes de la Isla de los Estados. Cuando egresó como guardiamarina, su primer destino fue el destructor Bouchard y su primera navegación fue en el Atlántico Sur durante la guerra de Malvinas. Luego de cuarenta años de servicio se retiró, y además de ejercer la docencia, siguió navegando con amigos. Entonces se preguntó por el estado del patrimonio arqueológico histórico de ese pedazo de tierra solitaria e inhóspita, que tanto se le había cruzado en cientos de derroteros de sus años de servicio.
Parte del mítico Faro de San Juan de Salvamento, y la inmensidad del océano Atlántico (Carlos Landa)
Restos de construcciones, levantadas principalmente en piedra (Carlos Landa)En 2021 Ulloa y Andrés Antonini, otro marino, recorrieron la isla y comprobaron que los valiosos testimonios de presencia humana se estaban perdiendo, y determinaron que algo había que hacer.
Uno de los dos cementerios que conserva la isla. Cruces sin identificar que sobreviven ante el avance de la vegetación (Carlos Landa)
El grupo de arqueólogos en plena tarea, exhibiendo la bandera argentina que le cedió un veterano de guerra de Malvinas (Carlos Landa)El plan era el de navegar, con dos veleros, la cara norte de la isla, ya que la sur es mucho más peligrosa y donde muchos barcos naufragaron.
La primera aproximación la hicieron los arqueólogos en noviembre del año pasado. Fue en una lancha rápida de la Armada llamada “La Indómita”, que los cruzó hasta Basil Hall, un puerto natural en un fiordo de la costa norte, que lleva el nombre de un marino escocés quien, como jefe del escuadrón británico en el Pacífico, exploró el lugar por 1820.
Restos de un naufragio, que los arqueólogos presumen que podría tratarse del barco de Piedra Buena (Carlos Landa)Este marino es marca registrada en el sur, famoso por sus acciones por reafirmar la soberanía argentina en el sur, por auxiliar a víctimas de naufragios y por los emprendimientos que llevó a cabo en esas latitudes.
La espesura esconde vestigios, como esta chapa de zinc usada en la construcción de refugios (Carlos Landa)Se conformó un grupo de 16 personas, y los que viajaron fueron 12. Como un homenaje a los viejos exploradores que se guiaban con precarias cartas náuticas, bautizaron la expedición con el nombre de “Hic dracones sunt”, esto es “Aquí hay dragones”, ya que en los antiguos mapas solían dibujar monstruosas criaturas, que advertían a los navegantes que debían andar con cuidado en mares y tierras inexploradas y desconocidas.
Un ladrillo de la marca "Otamendi", material traído del continente y usado a fines del siglo XIX (Carlos Landa)El grupo zarpó de Ushuaia el 15 de enero. En San Juan de Salvamento, donde en la década del 90 levantaron una réplica del faro que inmortalizó Julio Verne en su novela, se dedicaron a ubicar y relevar lo poco que queda de las construcciones secundarias, como eran la casa del oficial torrero y la de los operarios.
"Enero de 1900", una de las pocas inscripciones que se encuentran en el cementerio (Carlos Landa)En el faro durmieron dos noches. Luego se trasladaron a Puerto Cook, donde la Armada había levantado un presidio militar mucho más grande, ya que podía albergar hasta 200 personas. En ese punto encontraron pilotes que sostenían el muelle, y relevaron el lugar para determinar las dependencias que entonces funcionaban. Visitaron el antiguo cementerio, donde viejas cruces luchan contra una vegetación tupida que a veces es difícil de sortear. En el lugar hay una piedra grande que tiene grabado “Enero de 1900″. En Cook estuvieron tres noches.
Restos de una teja de un techo que se desplomó y que por años permaneció bajo tierra (Carlos Landa)El libro de Roberto J. Payró “La Australia argentina: excursión periodística a las costas patagónicas, Tierra del Fuego e Isla de los Estados”, editado en 1898, también sirvió para aportar datos históricos claves que ayudaron a entender el entorno, ya que comprobaron la exactitud de las descripciones que realizó el escritor.
Parte del grupo se dirigió al lugar donde se suponía que Luis Vernet, cuando había iniciado su proyecto colonizador en las islas Malvinas, había armado un aserradero para proveerse de madera. Pero no pudieron hallarlo. El grupo de arqueólogos llevaba consigo una bandera argentina prestada por Fernando Suárez, veterano de guerra.
En Puerto Vancouver, ubicado en la cara sur de la isla, hallaron lo que fue otro refugio para náufragos y estación de pesca levantado por Cándido Eyroa, un segundo de Piedra Buena, quien se casaría con una sobrina del comandante. Aún hay chapas de zinc, clavos y maderas desperdigadas por el lugar.
Luego se dirigieron a Bahía Franklyn, sitio donde Piedra Buena naufragó y que con su tripulación estuvieron cerca de tres meses. Para poder regresar, construyeron una pequeña embarcación, a la que bautizaron “Luisito”.
En ese sitio los arqueólogos dieron con cuatro grandes restos de embarcaciones. Resta determinar si se trata de varias o es una sola. Del mismo modo, deben continuar los estudios sobre el sitio para afirmar o descartar la ubicación del campamento del marino.
Hallaron, además de vestigios de barcos y un prisma, que es un elemento de vidrio que servía para proyectar la luz solar a las cubiertas inferiores de los barcos.
Hay ciervos y cabras que Piedra Buena había llevado, y en el lugar se levanta un domo donde hacen sus investigaciones biólogos del Conicet.
Landa confesó que este viaje había sido lo más parecido a viajar al pasado y subrayó que tienen por delante un trabajo que demorará años. Todos los miembros de la expedición colaboraron ad honorem, y agradecen al Centro Austral de Investigaciones Científicas del Conicet por la ayuda recibida.
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