Intriga, incertidumbre y emoción. Sensaciones que convivieron con mi rutina los días previos al viaje que realizamos junto a un grupo de funcionarios y personal de las Fuerzas Armadas en el emblemático Hércules C-130. La hoja de ruta: Buenos Aires - Río Gallegos y desde allí, hacia la Antártida sin escalas. Mi equipaje, una pequeña valija, con lo esencial para arreglarme durante dos días lejos de casa.
La base Marambio -que este año estará cumpliendo 50 años- es una de las seis bases permanentes que la Argentina mantiene en la Antártida y la de mayor importancia, por ser la única que tiene una pista aérea apta para aviones de gran porte. Esta particularidad fue la que facilitó, en 1970, la llegada del Hércules C-130 al continente blanco. “Antes, el abastecimiento de las bases era limitado. Con este avión se garantiza, entre otras cosas, la entrega de suministros durante todo el año”, asegura el comodoro Juan Piuma, piloto de la nave, hombre de la Fuerza Aérea desde hace 34 años y actualmente jefe de la Primera Brigada Aérea.
HORA DE PARTIR
Finalmente, y luego de un intento fallido por cuestiones climáticas, iniciamos el viaje un día después de lo previsto. En todo momento, incluso durante la espera, reinó un clima cálido y tranquilo. Sirvió para conocernos, para escuchar anécdotas entrañables y para comenzar a disfrutar la aventura desde la previa. Mientras para algunos, cruzar a la Antártida es casi parte de su rutina diaria, otros vivíamos la experiencia por primera vez. Sin embargo, un punto en común unía al grupo desde lo emocional: se trata de una viaje único e inigualable. Cada vez que el Hércules despega de tierra en Gallegos y aterriza en la base Marambio, las sensaciones son irrepetibles. Las postales son distintas e igual de bellas. El sentimiento es de plenitud.
Lucas Carol Lugones y Justo Francisco Treviranus.
Esta vez el aterrizaje (luego de 4 horas de vuelo) tuvo un plus adicional. En Marambio estaba la Dotación XLIX (49) esperando ansiosa al Hércules. ¿El motivo? Luego de un año de arduo trabajo y con la misión cumplida, este grupo de personas -que realiza distintas tareas en el lugar- aguardaba ansioso el recambio de personal para poder regresar a sus hogares y abrazar a sus familiares.
Esa fue la actividad principal de la jornada: hacer el relevo de personal y darle la bienvenida a la Dotación L (50) -compuesta por 40 efectivos-, a cargo de Lucas Carol Lugones, comodoro que merece un párrafo aparte. Desde el año 1997 hasta el 2007, Lugones fue tripulante del Hércules y voló a Marambio regularmente. En el año 2008/2009, con la Dotación XL (40), ejerció como 2do jefe de Base. Luego, se desempeñó tres veces como jefe de Operaciones del Comando Conjunto Antártico y en 2015, fue jefe de la base Matienzo. Desde Antártida y tras dos meses y medio al mando de la base Marambio, Lugones afirma que cumplir este rol es un gran desafío. “En lo personal, es un gusto poder estar al frente de este grupo de gente. Lo siento como una coronación de mi actividad Antártica”. La función principal de las Fuerzas Armadas en la Antártida es apoyar logísticamente a los científicos nacionales e internacionales que desarrollan investigaciones allí.
En esta época, el trabajo se acrecienta ya que se está desarrollando la Campaña Antártica de Verano (CAV) 18/19, durante la cual se apoya a las actividades científicas y se abastece a las bases argentinas de víveres, personal, combustible y materiales necesarios. “Hay proyectos científicos muy interesantes a nivel global: la medición de tormentas solares, por ejemplo, se miden en muy pocos lugares del mundo y uno de ellos va a ser acá en la base Marambio”, acota Lugones.
SUSTENTABILIDAD
Otra actividad fundamental de la base es el compromiso con el cuidado del medio ambiente, regulado por el Tratado Antártico y el Protocolo de Madrid, en el cual se establece que “las partes se comprometen a la protección del medio ambiente antártico y a los ecosistemas dependientes y asociados. Mediante el presente protocolo designan a la Antártida como Reserva Natural consagrada a la paz y la ciencia”. Los residuos se clasifican en grupos, sin mezclarlos. A los restos no peligrosos, los evacuan en las bodegas vacías de los aviones y a los peligrosos, los evacuan en buque. “En estos dos meses, ya hemos evacuado casi 30 toneladas de residuos”, relata el comodoro Lugones.
Postales. Imágenes de un viaje relámpago. La vista, imponente, desde la cabina del Hércules. Un abrazo fraternal durante el recambio de personal. Treviranus y Lugones frente a las dotaciones 49 y 50, y la bandera argentina flameando en suelo antártico.
El agua y la energía son recursos de gran valor en Marambio. Al ser una base aérea, el consumo energético es muy alto. “El año pasado hemos cambiado los generadores, avanzando tecnológicamente 25 años lo cual implicó un 25% de reducción de energía de gasoil. En este momento estamos trabajando con el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) -a través de un programa de eficiencia energética-, aislando térmicamente todas las instalaciones. Además, estamos colocando paneles solares del orden de los 150 m2, un parque de energía solar 25kva. Esto, sumado a un generador eólico, esperamos reducir en un 30% aproximadamente el consumo de energía durante 2019”, agrega Lugones.
Casi todo el personal que presta servicios en Antártida es polifuncional. Tal es el caso de la primer teniente Maitén Hernández, una de las 6 mujeres que integran la dotación L (50), quien cumple una doble función. Por un lado, es la médica de la Base, pero además del compromiso y responsabilidad que requiere su función, Maitén es una de las encargadas de potabilizar el agua de Marambio. “Al agua hay que producirla día a día y para esto existen dos sistemas. Contamos con lagunas artificiales, que permanentemente están llenas por el deshielo. Si el agua está líquida, la misma se colecta desde ahí. Pero con temperaturas muy bajas, la laguna se congela y cuando esto sucede, hay que derretir la nieve. Posteriormente, el agua pasa -a través de un sistema de cañerías- a unas cisternas de 30 mil litros aproximadamente desde las cuales se abastece a toda la base. Transformamos 2 mil litros en agua potable para consumo luego de los procesos químicos necesarios”, resume Hernández.
Con respecto a su profesión, la médica cuenta que allí tienen todos los recursos y herramientas necesarias para actuar ante cualquier situación. En caso de existir una urgencia, se analiza el problema junto a la enfermera y al jefe de Base. Si la gravedad lo amerita, se pone en marcha el protocolo de emergencia para trasladar a la persona afectada a Río Gallegos.
UNA GRAN ESCUELA
Mucho se oye hablar de las funciones que cumplen las Fuerzas Armadas en Antártida, pero para ellos, esto tiene un valor sentimental “difícil de explicar con palabras”, según cuentan.
Emociona sentir la pasión que transmiten los antárticos por su trabajo y por el lugar que los cobija día a día. El comodoro Enrique Videla -2do comandante conjunto antártico- lleva 37 años en la Fuerza Aérea. “Es un orgullo que no me entra en el pecho”, lanza emocionado este hombre que tiene más de una década de experiencia en Antártida. “La misión principal del Comando Conjunto Antártico (COCOANTAR) -constituido de forma permanente en 2018- es brindar el apoyo logístico y técnico a la actividad científica, tanto nacional como internacional. Durante el año se va gestando un proyecto de apoyo y sostén logístico, que se nutre de un plan que elabora la Dirección Nacional del Antártico (DNA): el plan anual científico, tecnológico y de servicio”. El nuevo titular del COCOANTAR es el general de brigada, Justo Francisco Treviranus, quien trabaja mano a mano con Videla.
En la Antártida a veces el silencio aturde. En medio de la inmensidad, las charlas se hacen interminables, las historias son infinitas y las anécdotas se suceden una tras otra. Ellos están allí haciendo patria y demuestran con vocación de servicio un gran amor por lo que hacen. Están un año lejos de sus hogares, soportando temperaturas de hasta 50 grados bajo cero y ráfagas de vientos inimaginables. Pero nada de eso parece importarles. “El antártico es una persona muy particular, ve a la vida de otra manera y tiene los sentimientos a flor de piel. La Antártida no es amigable con el humano; para poder conquistarla -o que ella nos deje habitarla-, hay que tener un grupo muy unido y respetuoso” reflexiona Videla; coincidiendo con los demás entrevistados en que el respeto, la empatía y la comunicación, son fundamentales para tener una grata convivencia y para lograr los objetivos laborales.
“Desde el punto de vista profesional, uno aprende a trabajar en equipo y a no ser individualista. Se depende mucho del otro”, confiesa Videla. “Desde el punto de vista personal, se aprende a valorar los sentimientos y lo realmente importante: la familia y el apoyo al camarada”, concluye.
El Hércules C-130 espera para llevarnos a casa. El poco tiempo en el continente blanco, contrasta con la sensación de haber “vivido” mucho. Regreso agradecida y feliz, guardando en mi memoria un puñado de historias como las de Videla, Piuma, Hernández y Lugones, entre tantas otras que merecen ser compartidas.
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