El abrazo llegó donde el paisaje parece infinito: en Paso Garibaldi, entre montañas y viento helado, José “Nano” Casas esperaba con su familia a Germán Colacilli. No era un recibimiento más: era el final de una promesa que se había estirado por décadas y que, por fin, se cumplió en Ushuaia.
La idea rozaba lo imposible para cualquiera que mirara la ruta con lógica: salir desde Los Surgentes y llegar al fin del mapa en una moto chica, de otra época, sin asistencia, sin camiones de apoyo y sin atajos. Pero Colacilli lo tenía claro: la palabra empeñada pesa. “Le había dicho al Nano que un día iba a ir a visitarlo, y que iba a hacerlo con una Puma”, resumió al recordar el compromiso.
El proyecto empezó a tomar forma cuando apareció la moto indicada: una Clery modelo 62 con motor Sachs 98, la clásica “Puma 98”, que encontró en Paraná hacia fines de 2024. Apenas tuvo el trámite encaminado, le mandó la foto a su amigo. Ese mensaje fue el disparo de largada.
Después vino lo más largo: la preparación. Con experiencia en mecánica de competición, Germán pasó meses trabajando pieza por pieza para que la moto pudiera bancarse miles de kilómetros sin dejar de ser lo que era. Fabricó componentes, ajustó tolerancias, reforzó lo necesario y buscó un equilibrio: más confiabilidad, misma esencia.
La travesía no la encaró solo. Se sumó Néstor Amiano, que viajó en una Keller 110. Los dos, a su modo, eligieron la ruta “a pulmón”: hoteles cuando se podía, ducha y descanso como prioridad para seguir al día siguiente. Solo una noche les tocó improvisar carpa en Río Colorado, por no conseguir dónde parar.
Fueron ocho días de ida atravesando la Patagonia a un ritmo de 65 a 75 km/h, con el cuerpo y la cabeza puestos a prueba por el clima y la distancia. Y para rematar, el cierre fue de los que se recuerdan: el último tramo, desde Río Gallegos hasta Ushuaia, lo hicieron de un tirón, unos 600 kilómetros seguidos.
La recompensa estuvo a la altura. En el Garibaldi, Nano los recibió con su hija y su yerno, y registraron la llegada como quien filma un momento que no se repetirá. Para Colacilli, además, fue el primer encuentro con Ushuaia: el contraste lo golpeó de frente del calor del norte a campera y pulóver y también el asombro por el entorno.
Y en medio de tanta épica, la moto terminó siendo protagonista silenciosa: en todo el recorrido, la Puma casi no pidió nada. Apenas una cadena para ajustar y una pinchadura en la moto de su compañero que se resolvió en el camino. Lo demás fue avanzar, kilómetro a kilómetro, hasta que la promesa dejó de ser un “algún día” y se convirtió en un abrazo real bajo el cielo fueguino de Tierra del Fuego.
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